Ñublense, el primero que lanza a la cesantía disfrazada a sus jugadores

La entidad de Chillán se acogió a la “Ley de Protección del Empleo” que dictó el gobierno en desmedro de los trabajadores, pero cuidando la salud financiera de las AFPs. Cracks y funcionarios a partir de ahora ya no cuentan con un sueldo.

Por Eduardo Bruna

Ñublense de Chillán, club de la Primera B del fútbol nacional, fue el primero que, dicho popularmente, se subió por el chorro y se acogió a la denominada pomposamente Ley de Protección del Empleo, cuerpo legal pergeñado en La Moneda pero que, como no podía ser de otra manera considerando la clase política que tenemos, contó con la anuencia de las diferentes bancadas de la “oposición”.

De acuerdo a ese cuerpo legal, Ñublense notificó a sus jugadores, cuerpo técnico y funcionarios, que el directorio de la entidad había decidido suspender el vínculo con el club hasta que el fútbol recupere la normalidad y pueda retornar a las canchas. En palabras simples, jugadores y trabajadores de la entidad se quedan sin cobrar un peso de sus remuneraciones a contar del pasado 21 de marzo, fecha en que la ANFP decidió la suspensión del campeonato debido a la pandemia provocada por el coronavirus. O Covid-19, como le pusieron después los gringos. Y como todo lo gringo nos suena bonito, también me quedo con ese nombre.

Ñublense se suma a otras tantas empresas nacionales con capitales o licencias extranjeras, como Triumph o Starbucks, entre otras, que, profundamente preocupadas por el bienestar de sus trabajadores, agarraron este esperpento de ley de volea para no tener que seguir pagándoles en tanto no produzcan lo que estas verdaderas “pymes” de nivel mundial esperan en retribución por ese gesto generoso y noble de haberles “dado trabajo”.

Ñublense, club de la segunda serie, al menos con esta iniciativa superó por lejos a otras instituciones de Primera, como Unión Española, Deportes Iquique y otras, que “sólo” decidieron una rebaja de sueldos a sus jugadores y funcionarios para sobrellevar este tiempo de vacas flacas, en que no hay las millonarias recaudaciones que suelen allegar con estadios llenos y miles de socios abonados que se aseguran los boletos para ver todo el año al cuadro de sus amores. 

“Lo que nos entrega mes a mes el Canal del Fútbol no nos alcanza”, dijo asaz compungido y al borde de las lágrimas Hernán Rosenblum, gerente de la entidad chillaneja, quien explicó, además, que “no tenemos ingresos de sponsors ni hay recaudaciones”. Por cierto, nadie le consultó acerca de la gestión que realiza el directorio del club para intentar conseguir ingresos extras, considerando que, como club representante de la nueva Región del Ñuble, cuya capital es Chillán precisamente, lo más bien podría tentar a algunas empresas y a uno que otro huaso con plata para que se pongan y colaboren con la causa poniendo un avisito en el estadio o en la camiseta.

Debe ser porque, desde la creación del Canal del Fútbol, la mayoría de las instituciones de nuestro fútbol se “echaron en los huevos” y dejaron la gestión de lado.

Como todo trabajador chileno, sin embargo, jugadores y funcionarios de Ñublense no tienen ningún motivo para cortarse las venas o perder el sueño por esta cesantía disfrazada. El gobierno, con esa sensibilidad que lo caracteriza, robusteció rápidamente el seguro de cesantía, de modo que el trabajador eche mano a su plata para navegar mejor por esta crisis que ya semeja una pesadilla.

No sólo por eso: esta Ley de Protección al Empleo exime al patrón o a la empresa de pagar los sueldos si se acoge a ella, pero no de tener que seguir cancelando las cotizaciones de los trabajadores en sus respectivas AFPs. Dicho de otra forma, el trabajador cuenta con la impagable tranquilidad que significa que, pasados estos meses sin tener a veces con qué parar la olla, y desde luego si sobrevive, puede mirar con toda tranquilidad su futuro, considerando las excelentes pensiones que el sistema entrega.

No por nada su inventor, José Piñera, tan sociópata como su hermano, lo definió en su oportunidad “como un verdadero Mercedes Benz”.

No hay que ser muy inteligente para percatarse de que este engendro legal, como tantos otros, privilegió la salud financiera de las AFPs antes que la de los trabajadores.

El triste resultado es que, a un mes y días del arribo del Covid-19 al país, a través de un colegio pituco del barrio alto, Chile -de creer ciegamente, por cierto, en las cifras que día a día nos entrega el ministro Mañalich-, puede exhibir con orgullo una curva de contagios si bien no todavía plana, bastante decentita respecto de lo que ha sido la pandemia en otros países.

Dicho de otra forma, el “oasis” Chile, el “jaguar” Chile, el “ejemplo” Chile, el “faro latinoamericano” Chile, muestra día a día más cesantes que contagiados. Mucha más gente que pierde su trabajo que la que se va a la lona producto del virus.

Pero a nadie pareciera importarle ese record mundial tan infame como las cifras sanitarias. Ni al gobierno inepto ni a una oposición buena para nada. El resultado es que políticos de todos los colores nos dejan en una disyuntiva bastante poco halagüeña: o te mata el virus o te mata el hambre.

Frente a ese panorama más que incierto, sólo existe una certeza: los que sobrevivan no tendrán otra alternativa que revivir el hartazgo que derivó en el O-19 y un estallido que tuvo al poder político, económico y social de este país con el poto a dos manos.

Y es que el capitalismo salvaje sencillamente ya no da para más, y esta pandemia mundial lo ha dejado al desnudo como nunca antes. Como será que hasta The Washington Post, un periódico al cual por cierto nadie podría acusar de “comunista”, editorializó señalando que “o muere ese capitalismo salvaje o muere la civilización humana”.

Así de tajante. Así de claro.