Obra de Teatro: Amanda Labarca, en CEINA

Similar a lo que hizo Solange Lackington con su Mistral, Ximena Rivas personifica a una de las mujeres consideradas entre las más relevantes del feminismo en Chile.

Por SEBASTIÁN GÓMEZ MATUS

En el CEINA, Centro de Extensión del Instituto Nacional, se presenta la obra Amanda Labarca, interpretada por la reconocida actriz Ximena Rivas. Se centra en la vida de una mujer que destacó en distintos ámbitos.

La obra fue escrita por Isidora Stevenson, tras una investigación biográfica de Amanda Labarca (1886-1975), considerada una de las figuras más relevantes del feminismo en Chile durante el siglo XX y que ahora, con la nueva ola posmoderna liberal, vuelve a tener su espacio dentro de las ya conocidas vindicaciones, a veces sin tanta revisión histórica, como se verá, de algunas mujeres.

Como se sabe, Labarca fue una acomedida profesora, escritora (¿quién la lee? ¿cuáles son sus libros?), embajadora y política, que dedicó su vida al estudio de la educación nacional y supuestamente a la literatura castellana, algo tan amplio como vago y cuestionable en tanto sintagma totalizante.

También destacó como sufragista y fue fundadora del Círculo de Lectura, una herramienta y espacio comunitario para que las mujeres (no todas, por supuesto), se formaran intelectualmente. Es decir, para equipararse a la ya ridícula figura del hombre biempensante, el hombre culto.

Como no se sabe, Amanda Labarca fue la enemiga sin tregua de Gabriela Mistral, cuya resonancia y profundidad aún está por descubrirse, por más que se insista en una Mistral universal (nuevamente se la pretende vaga y sin contexto) e institucionalizable. Mistral fue una poeta de pocos libros, pero su trabajo pedagógico está comenzando a ocupar un espacio en su bibliografía, como su famoso Lecturas para mujeres, publicado en México por la Secretaría de Educación Mexicana en el año 1923, con un tiraje de 20 mil ejemplares.

La sufragista Labarca fue una de las que propuso lo que hoy conocemos como “funa” o “cancelación” de Mistral al motejarla de “lesbiana”. Aparte de todos los rumores infundados, aunque bastante comunes, de una supuesta relación con el Presidente Aguirre Cerca, de quien era amigo.

En la búsqueda de posicionamientos y reivindicaciones, es fácil caer en la reificación e instrumentalización de las consignas, que finalmente son eso: consignas. No es menor el hecho de que haya un público dispuesto a ver ambas obras, de la misma factura, unipersonales, biográficas, casi que “perfiladas” dramatúrgicamente como una suerte de red social puesto en escena.

El arte no está para representar nada: no somos políticos. Si de verdad hubiera un interés por estas lecturas y estos personajes, se iría a la fuente: sus libros. La gracia de leer es, justamente, poder leer. No digo que esté mal ir a ver una obra de teatro, pero hay prácticas que redundan en lo meramente representacional y discursivo.

Cuando la necesidad feminista es de primer orden, muchas veces sus próceres contemporáneas caen en las redes liberales de sus lineamientos. Bastaría leer La mujer unidimensional de Nina Power, donde discute el feminismo liberal que ha sido capaz de obliterar las luchas que están detrás de estas nuevas mujeres empoderadas, casi que transustanciadas en hombres exitosos y modelo de poder y capital político.

En fin, una nueva obra de teatro para incautos. O incautes, que de la ignorancia han hecho una violencia capaz de contaminar los espacios más libres como lo son el teatro y las artes en general. Parece una regla: si tu obra es política, es una obra de arte. Habría que redefinir, una vez más, lo político, y nuevamente, el arte. Aunque no queremos más definiciones, de seguro.

La obra presenta su última fecha hoy 21 de mayo y retrata la noche anterior a la firma de la ley del sufragio universal para mujeres, hecho histórico de la mayor relevancia, que contó con otras mujeres y con las mujeres que podían acercarse a estas discusiones, para que no se caiga en la metonimia del héroe, como si detrás no hubiera un movimiento, una comunidad y un arsenal de mujeres combativas pero hasta hoy anónimas. Labarca viajó desde Nueva York para estar en dicha ceremonia, ya que era embajadora de las Naciones Unidas.

Por último, en la sinopsis de la obra hay una clave de lectura. Se señala que “luego de 15 horas de viaje, esa noche deberá enfrentarse al poder y a sí misma para decidir cómo será recordada”. Si una persona pudiera decidir cómo será recordada, estaríamos hablando de un superpoder. Mistral ha sido recordada injustamente durante gran parte de la historia y recién hay atisbos de un giro genuino hacia su lectura desde otro lugar que la domesticación que sufrió de parte de sus “institucionalizadores”, todos hombres. Hubo, hay gente, que vivió de Mistral, que hizo una carrera mistraliana. Habrá quienes hagan una carrera de Labarca, aunque no da para mucho. En el fondo, se trata de encumbrar a una mujer que quiere velar por su legado histórico, no por las luchas sociales, donde el sujeto se hace parte de la comunidad y no se perfila como un busto en el ágora digital.