Ojo con esto, Martín…

La realidad del fútbol chileno obliga a advertirle al director técnico nacional acerca de los intereses que subyacen detrás cada decisión, incluidas las suyas. La «trenza» entre su representante y Pablo Tallarico, por ejemplo, gatilla inquietud. Como también la irrupción, en la primera nómina de La Roja, de dos jugadores de un equipo de la B que tiene características muy especiales…

Por MARCO SOTOMAYOR

Pablo Tallarico no sólo no debiese seguir operando en el fútbol chileno -ni en ningún otro país-, sino que, a juicio de varios, debería o debió pagar con cárcel alguno de los muchos ilícitos que ha cometido en su «trayectoria» como representante de jugadores, desde aquella lejana época de la falsificación de pasaportes (entre otros, afectó al zaguero Pablo Contreras cuando estaba en el Mónaco), hasta su impresentable manejo en Deportes Concepción, el señero club de la VIII Región, que terminó siendo desafiliado de las competencias profesionales.

Lo menciono, con poco entusiasmo, pues hace poco el uruguayo recibió felicitaciones públicas de un coterráneo suyo: Eduardo Acevedo, ex estratego de la Universidad de Concepción y uno de los responsables de la caída de El Campanil a la Primera B: «Un abrazo grande a un gran amigo, Pablo Tallarico, que se portó muy bien con nosotros por intermedio de Flavio Perchman, pero Tallarico se portó muy bien. Un abrazo grande a todo Chile…», dijo Acevedo en la televisión de su país.

Así, casi de manera casual y sin anestesia, nos enteramos de que los tentáculos de Tallarico siguen puestos en nuestro fútbol (con un grado de descaro fuera de todo lo normal, pues mantuvo un centro de operaciones en… Concepción), esta vez, con la complicidad de Perchman, el manager de Martín Lasarte por los últimos 20 años.

En efecto, así se lee en una entrevista publicada por el diario El País, de Montevideo, el 10 de mayo de 2020: «Aunque (Perchman) tiene muy buena relación con varios entrenadores, y destacó a Gregorio Pérez, al único que representa es a Martín Lasarte. Se conocieron en 1999 cuando lo llevó a Bella Vista, un club muy importante en su carrera. ‘Con Martín tenemos una relación mucho más de amistad que de representante. Estuvimos juntos en todas sus experiencias afuera. Además de sus dos etapas en Nacional. Martín es mi gran técnico y mi gran amigo’, dijo quien llevó a Eduardo Acevedo a Chile, aunque no lo representa».

Queda claro, ¿verdad?: Perchman trajo a Chile a Eduardo Acevedo (pese a «que no lo representa»), pero quien estuvo detrás de la operación fue Tallarico, un conocedor de todos los trucos del oficio: no era saludable para él mostrarse públicamente en la Octava Región, así es que operó a través de un tercero. En este caso, Perchman. 

No se extrañen, pues así se estilan las cosas en el mundo de los representantes.

El tema es que Perchman , el «palo blanco de Tallarico» en esa operación, maneja al técnico de La Roja. Y esa función, independiente de si eres bueno, malo o regular entrenador, obliga a  mostrar total transparencia. 

Pero la situación no termina aquí. En la última columna escrita para la revista El Ágora, el periodista Sergio Gilbert afirmó: «Y varias cosas llamaron la atención en la nómina que realizó (Lasarte) en conjunto con el director deportivo de la Roja, Francis Cagigao: que hubiese dos jugadores de un equipo de Primera B que no estuvo ni siquiera en la liguilla final por el ascenso (Magallanes)».

Aquí suenan otra vez las alarmas: resulta que fuentes muy confiables de la propia ANFP me advirtieron, mucho antes del desembarco de Cagigao, que su vínculo con el fútbol chileno se estableció a través del empresario Cristián Ogalde, representante del arquero Claudio Bravo y propietario de Magallanes, entre otros clubes. 

¿Sorprendieron los nombres de Julián Alfaro y César Pérez, los chicos de Magallanes, en la primera nómina de Lasarte? Totalmente. Pérez, seamos justos, fue capitán de la Roja Sub 17 en el Sudamericano de 2019. Alfaro, delantero, anotó dos goles en 14 partidos con La Academia…

Si hay un consenso respecto de la contratación de Martín Lasarte como DT de la Selección Chilena es que se trata de un hombre honesto. Trabajador, serio, autocrítico y -reitero- honesto. Por eso esta columna no tiene como objetivo acusar al uruguayo. Intenta, primero que todo, hacer una relación rigurosa de hechos objetivos; segundo, advertir al medio y al propio Lasarte que nuestro fútbol -raquítico y endémicamente subdesarrollado- está en manos, en un buen porcentaje, de tipos inescrupulosos, sin pudicia, cuyo único objetivo es exprimir esta actividad hasta sacarle la última gota de utilidades.

Y, para cumplir ese objetivo, se establecen intrigas palaciegas, se arman tratados, se empeñan palabras y se escriben acuerdos en función de ganar más. En paralelo, las traiciones y los embustes están a la orden del día. Averigüen cómo son los consejos de presidentes, cuál es el nivel del debate, su foco, de qué manera subordinan casi todo al tema económico, y se darán cuenta de que no exagero. Y en esa dinámica coral, polifónica, que por momentos recuerda a una feria libre, los empresarios de jugadores tienen mucho que decir, pues ahora también son propietarios de importantes instituciones. 

¿Conocía Lasarte esta realidad? ¿Su profundidad estructural, sus resonancias?

Como sea, queda claro que el uruguayo tiene pega por partida doble: sacarle rendimiento a la Selección y moverse sutil, digna y cuidadosamente en un terreno convertido en un auténtico campo minado.