[Opinión] Claudio Bravo: un monumento a la arrogancia

El portero eligió ser intocable en el peor momento para la Roja. Justo cuando se requiere recuperar el hambre y la humildad de otrora, con sus recientes ataques verbales el líder da el peor ejemplo posible a sus compañeros.

Hay momentos y momentos. Para jugar y para hablar.

Y Claudio Bravo erró el momento dos veces. Al no jugar contra Paraguay y Bolivia en septiembre y al justificar esas ausencias justo en la previa del desastre de Quito.

Es que sonó muy feo su ninguneo a ex astros de la Roja que le reprocharon su inasistencia en aquellos dos duelos. Particularmente, su indirecta al mejor jugador chileno de todos los tiempos, Elías Figueroa, que “tan solo” disputó 47 partidos por la selección, aunque aquellos le bastaron para pasar a la historia como uno de los mejores defensas centrales, a la par con Franz Beckenbauer.

Pero mal que mal, Bravo es hijo de su tiempo. Uno en que lo viejo huele a anacrónico. En que los jóvenes se han apoderado de la historia y nada ni nadie puede oponérseles, sea en la política o en el fútbol. A

hora los deportistas -esclavos de las redes sociales como el resto de sus contemporáneos- se las dan de filósofos, opinólogos, gurús y sabiondos en todo lo que les atraiga: deporte, contingencia, farándula. En 142 caracteres creen poder dictar cátedra de lo que se les ocurra lo que a otros les ha costado años de estudios y doctorados.

En este pontificado, Bravo no difiere mucho de los nóveles dirigentes estudiantiles que ladran y sospechan de todos los que sugieren gradualidad en reformas que el país necesita imperiosamente, pero cuya aplicación inmediatista puede ser contraproducente.

BAJARSE DEL TREN

Ungido como el líder de la Roja -lo que nadie cuestiona dada su capacidad reflexiva superior a la mayoría de nuestros ídolos- el portero cayó en el pecado de la soberbia. Ayudado por tantos triunfos, el chico nacido en Viluco ahora suele responder con dureza cualquier reproche que no le parezca, sea justo o injusto.

El problema -como él bien debería saberlo- es que hoy todo transcurre demasiado rápido. Incluso el nacimiento y la muerte de afectos y lealtades.

Y los que hasta el bicampeonato en la Copa América lo adoraban, a la luz del desalentador presente de la Roja empezarán con los refunfuños. Porque en teoría todos pueden bajarse del tren en algún tramo de la línea férrea. El problema es bajarse cuando se es uno de los maquinistas y el convoy rueda sobre un puente peligroso.

Todo empeora si el maquinista no sabe explicar por qué decidió bajarse. En las mismas está Bravo. Sus argumentos enredan más que aclaran. Con un Chile victorioso la veleidosa opinión pública lo acepta todo, sin filtrar nada. Pero ahora, con justa razón, bien puede achacar el bajón rojo a la ausencia del líder. Él -que no pocas veces ha criticado a tantos por “no decir la verdad”- ahora es presa de sus palabras.

Pero sus palabras pueden no solo da- ñarlo a él, sino que a todo el proyecto de la selección y al sueño de un país entero.

En toda Sudamérica le enrostran al equipo el pecado de la soberbia. Y tienen razón. Mucho de eso hay en el errático juego post bicampeonato continental. No hay concentración ni hambre de comerse al mundo como antes. Esa humildad agresiva que hacía de la Roja un adversario temible desapareció. Impera ahora la suficiencia estéril.

Y si no es Bravo el que predique con el ejemplo, ¿quién entonces?

El capitán debe cambiar el switch rápidamente. Pensar en el bien colectivo, dejar de lado sus aires de grandeza y hacer de sus compañeros esos obreros que con Bielsa aprendieron que la tortilla sí podía voltearse y que con Sampaoli echaron de palacio a la antigua realeza de este lado del mundo.

El problema es que Bravo decidió mucho antes del retiro convertirse en un monumento intocable, olvidando que los pueblos cuando se hastían simplemente los derriban a la espera de nuevos becerros de oro.