[Opinión] ¡Disparen contra la FIFA!

No aprendemos nunca. Cuando aún está pendiente el castigo a la Roja, que desde hace tiempo ya sabía que no podría enfrentar a Venezuela en el Estadio Nacional, he aquí que la FIFA nos vuelve a sancionar: contra Paraguay y Ecuador habrá que buscar otro escenario, muy posiblemente el Monumental de Colo Colo.

Ello siempre y cuando, claro, los tontitos de siempre no perseveren en sus cantitos xenófobos y homófobos frente al equipo “llanero”, porque tenemos tantas tarjetas amarillas encima que una ordinariez más puede significarnos jugar sin público o, lo que incluso sería peor, tener que salir del país a la búsqueda de puntos que serán vitales –dada la estrechez de la tabla- para la clasificación al Mundial de Rusia 2018.

¿Una exageración? Para nada. La Roja tuvo que jugar frente a Venezuela en Mendoza para las clasificatorias hacia Italia 90, cuando la insania estaba tan desatada que, tras el comportamiento inaceptable del público y los jugadores frente a Brasil, en el Estadio Nacional, se pensó poco menos que en un complot internacional para dejarnos fuera de la cita máxima.

Ya sabemos en qué culminó esa delirante paranoia: con el corte auto infligido por Roberto Rojas en el “Maracaná”, abriendo un expediente que en sus páginas registró el mayor escándalo futbolístico de la historia y que aún hoy nos avergüenza, entre otras cosas porque ni siquiera el periodismo nacional supo ponerse aquella vez a la altura de las circunstancias.

Ni hablemos de tipejos como el almirante José Toribio Merino, integrante de la Junta de Gobierno de la dictadura cívico-militar que, patán y beodo como era, se despachó frases racistas y xenófobas en contra de un pueblo brasileño que, en el vergonzoso tinglado que armaron el “Cóndor” y sus secuaces, no tenía arte ni parte.

A casi tres décadas de aquel episodio triste, seguimos sin aprender nada de nuestros groseros y reiterados errores.

Y, por favor, no me vengan con la monserga de que en otras latitudes ocurre lo mismo. No porque el argumento sea inválido, sino porque si en otros países sus ciudadanos son unos rotos de mierda, ordinarios y groseros, no hay ninguna obligación de que los chilenos actuemos de idéntica forma.

Es más: me consta que en Quito el público ecuatoriano profirió en contra de nuestro equipo, y por extensión en contra de todos nosotros, el hiriente cantito que pone en duda nuestra masculinidad y que, contra todo pronóstico, la FIFA no tocó al fútbol del Guayas ni con el pétalo de una rosa. ¿Y qué? ¿Vamos a sentirnos perseguidos por eso? ¿Vamos a pensar otra vez que las cúpulas máximas del fútbol mundial nos tienen tanta envidia y tanto miedo que están en una verdadera campaña concertada para sacarnos con malasartes del camino hacia Rusia?

¿Que la Roja, con todo respeto, como dice el “Mago” Valdivia, es una amenaza para alemanes, rusos y brasileños?

Por favor…

Seamos autocríticos. Mirémonos instrospectivamente y démonos cuenta de lo que somos: un pueblo zafio e inculto, que en su estúpido sentimiento de superioridad se cree con derecho a mirar por sobre el hombro a cualquiera. Un pueblo al parecer tan auto convencido de su condición de “jaguar”, de país emergente que nos hace creer esa pequeña elite que es la única que realmente emerge, que mira hasta con desdén y desprecio a esos inmigrantes que, también creyéndose el cuento, llegan a Chile jurando que van a llevar una vida mejor.

¡Con qué ropa muchachos…! ¿Dónde la vieron?

Y, seamos claros: no pasamos de ser un país de “gatos mojados”, entregados a la voracidad y codicia de los que tienen la sartén por el mango y que, intentando mostrarnos no como lo que somos, sino como lo que nos gustaría ser, vivimos endeudados aunque el sainete nos cueste frustraciones y noches completas de insomnio pensando en cuándo, definitivamente, nos va a pillar la máquina.

Fuimos, hasta antes de la jornada aciaga que hizo trizas nuestro orden político y económico simplemente porque no le gustaba al gendarme del mundo (léase Estados Unidos), un pueblo a lo mejor más pobre (cosa que a estas alturas también pongo en duda), pero que destacaba en el mundo por su educación y cultura cívica.

Un pueblo que respetaba los minutos de silencio y escuchaba compuesto el Himno Nacional de nuestros distintos visitantes. Un pueblo cuyo comportamiento masivo nos enorgullecía, porque incluso solía ser mencionado como ejemplo.

Tristemente, todo eso se perdió. De pueblo consciente nos transformamos en trepadores; de pueblo educado y respetuoso, en patanes; de pueblo solidario, en individualistas desalmados que por alcanzar pobres objetivos somos capaces de pisotear a un hermano o vender a nuestra madre.

Nuestra educación es, por otra parte, tan mala y deficiente, que en estos castigos a la Roja ni siquiera podemos indicar como culpables a esos miembros del “estado llano” que habitualmente concurren al fútbol. Porque, claramente, se trata de otro público. Aquel que podía pagar los altísimos costos que fijaron Jadue y sus cómplices a los boletos para poder ver en vivo y en directo a la Roja.

Dicho más claramente aún, los que han ido tanto a alentar a la Selección como a ofender y a insultar a sus sucesivos adversarios son de estratos superiores a aquellas capas sociales que acostumbran ir al fútbol, pero ello no ha impedido -más bien ha sido todo lo contrario-, que el comportamiento que han demostrado en forma reiterada haya sido tan criticable como deplorable.

¿Acaso no fue un subsecretario de Gobierno quien, espectador en el encuentro Chile-Bolivia, en el Monumental, se dio el gustito de ofender el estadio albo y por extensión a toda la hinchada del club popular? Francisco Díaz, subsecretario del Trabajo, no encontró mejor modo de expresar su hinchismo por la U que twitear:

“Hice el sacrificio de venir al basural. Ratones, guarenes, pericotes, pulgas, piojos y olor a meao. Pero aquí estamos, gritando por Chile”.

Se supone que Panchito es profesional universitario, porque de otra manera no podría ser vice ministro, pero su cartoncito, ni tampoco el generoso billetito que cobra sacrificadamente mes a mes, y que seguramente le facilita leer lo que él quiere y que otros no pueden, le impidió ser gratuitamente agresivo y grosero. ¿Por qué, entonces, van a demostrar mejor educación tipos que ni siquiera fueron a una Universidad a dejar un paquete o a buscar a un amigo?

No nos escudemos, tampoco, en la historia y el curriculum de quienes han ocupado por años los principales cargos de la FIFA. Sabemos que constituían una verdadera mafia. Pero ello no inhabilita moralmente a los recién llegados para impartir justicia. Primero, por la sagrada presunción de inocencia. Segundo, porque si fuera por historia, los chilenos tendríamos que desacatar cada fallo de un Poder Judicial que en su momento fue principal cómplice y alcahuete de una dictadurabrutal, sangrienta y por añadidura ladrona.

El fútbol chileno ha sido sancionado nueve veces en los últimos meses por el inadecuado comportamiento del público. La ANFP (sí, la ANFP, porque parece que la Federación dejó de existir hace tiempo, aunque nadie nos ha avisado aún), ha debido pagar más de 190 mil dólares en multas en los últimos tiempos por la misma causa.

Pero no nos hagamos los ofendidos ni protagonicemos el papel de víctimas. Nadie nos persigue, ni existen poderes fácticos unidos en una conjura en contra nuestra.

Simplemente, estamos convertidos en unos rotitos agresivos e insolentes, que no nos sentimos con la obligación de respetar a nada ni a nadie.

Convenzámonos de una buena vez. Lo demás es querer tapar el sol con un dedo, pretender negar lo que es evidente.

Es la única forma de que volvamos a ser ese pueblo que, de tan respetuoso que era, se ganaba merecidamente el respeto absoluto de todo el mundo.