[Opinión] Un minuto de silencio que me hace temblar

En el Anfield de Liverpool el silencio fue tal, que se podía escuchar la respiración de 50 mil personas y el volar de una polilla. El público inglés, hinchas de los “Diablos Rojos” y del Leeds, que se enfrentaban este martes por cuartos de final de la Capital One Cup, mantuvo un respetuoso minuto de silencio como postrer homenaje a la tragedia que envolvió al Atlético Chapecoense y, de paso, cobró la vida de dirigentes del sorprendente club brasileño, periodistas y tripulantes de la siniestrada nave.

Por la mañana, el mundo del fútbol, enterado del increíble y devastador desastre, se sumaba a esa congoja y a ese dolor que se esparció raudo por los cinco continentes. Los planteles de Barcelona, Real Madrid, Boca Juniors, River Plate, y en suma todos, adherían a ese tristeza profunda y lacerante que golpeaba, una vez más, a un equipo de fútbol, a los familiares, a su entusiasta hinchada y, por extensión, a todo Brasil.

No podía ser de otra manera. Es la primera tragedia aérea de un club de fútbol que golpea a un mundo globalizado, en que la información vuela a la velocidad de la luz para mostrarnos casi instantáneamente la dimensión de lo ocurrido en nuestros televisores, computadores o tablets.

No ocurrió así, aunque la tristeza fue la misma, cuando lo del Manchester United, del Torino, de Alianza de Lima o de nuestro chileno Green Cross. Tuvimos que esperar los noticiarios de la radio. Y los de la televisión cuando sucedió lo de “Los Intimos” en las cercanías del Callao. Leer al día siguiente los diarios para apreciar la real magnitud de una catástrofe que se llevó cruelmente vidas que lo tenían todo por delante.

Tiemblo de sólo pensar en lo que ocurrirá en nuestros estadios. En el Monumental este miércoles, cuando Colo Colo deba recibir a Universidad Católica por la vuelta de las semifinales de la Copa Chile y, como es lógico, el fútbol chileno se sume a la congoja mundial con el ritual del minuto de silencioque se hará escuchar en los escenarios de todo el mundo.

Tiemblo de sólo recordar lo que ha venido ocurriendo desde hace años a esta parte en instancias similares. Nuestro público, con esa pésima educación que el país le ha entregado desde el dictador y hasta ahora, ha hecho del respetuoso ritual una ordinaria zalagarda de gritos, insultos y bromas de pésimo calibre que no han hecho sino avergonzarnos de la sociedad que hemos creado.

Hinchas lamentan la tragedia
Hinchas lamentan la tragedia

El minuto de silencio de antes, me temo, ha muerto para siempre en nuestros estadios, repletos de patanes y zafios que no respetan ni a su madre. El ensordecedor silencio de antes ha sido tan manchado que, frente a tales muestras de incultura, los 60 segundos han quedado reducidos a un tris que todos ansiamos, por vergüenza propia y ajena, que acabe cuanto antes.

¿En qué momento se jodió Chile, parafraseando la vital pregunta de “Conversación en la Catedral” para referirse al instante en que, según el protagonista de la novela de Vargas Llosa, se jodió el Perú? Porque, claramente, antes no éramos así.

Gente con escasa educación la hubo siempre, acaso porque el sistema político y económico que nos ha regido durante décadas necesita mano de obra barata para que engorden los mismos de siempre, sólo que en décadas pasadas podíamos ser pobres y con escasa escolaridad, pero ello no necesariamente implicaba una masa inculta y grosera, dispuesta a expresar sus resentimientos y sus frustraciones, agrediendo e insultando a grito pelado a aquellos que algo hicieron mientras se mantuvieron en este mundo.

Por favor, esta vez no nos avergüencen con su incultura y su barbarie como lo han hecho ya tantas veces en los últimos tiempos.

Aguántense por unos breves segundos, olviden por un breve lapso su condición de patanes, muérdanse la lengua sólo unos segundos, que no les va a pasar nada que deteriore el cartel de “guapos” y de “choros” que legítimamente se han ganado entre sus iguales.

Fanáticos llenan el estadio para recordar a los fallecidos
Fanáticos llenan el estadio para recordar a los fallecidos

Por el contrario, la gente decente de este país, que sin dudas es mayoritaria, les estará inmensamente agradecida de esa ráfaga de respeto y de humanidad.

Pónganse aunque sea un rato nada más en los zapatos de los deudos, de los dolientes, y de todos aquellos que seguimos creyendo en valores intransables, como el respeto y todas esas normas mínimas de educación que se resumen en lo que se llama criterio.

Traten de imitar, aunque les cueste, a ese pueblo inglés milenario que dio en Anfield una inmensa prueba de cultura cívica que nos mostró, una vez más, lo lejos que estamos.

Por una vez, al menos, no se exhiban ante el mundo como los “sudacas” que para ellos somos.