[Opinión] Venta del CDF: el último acto de un sainete

Las Sociedades Anónimas Deportivas llegaban al fútbol chileno para supuestamente recuperar la transparencia y hacerlo fuerte incluso a nivel mundial. Han bastado diez años, sin embargo, para que entre corruptelas y pésimas gestiones estos iluminados nos hayan puesto al borde del abismo. Fracasados, ahora sólo los mueve repartirse el botín mayor.

Apremiados por pésimas gestiones, que tienen a muchos clubes al borde de la quiebra, urgidos por plazos perentorios que, de no respetarse, retrasarían el proceso, y movidos al final por una desatada codicia que ha quedado en evidencia desde la implantación en el fútbol del sistema de Sociedades Anónimas Deportivas, por estos días se fragua en la ANFP la venta del Canal del Fútbol, último acto del sainete ordinario, indecente y corrupto del que hemos sido testigos en la última década.

Vender el CDF en cifras multimillonarias desde hace tiempo que tiene locos a los actuales regentes de nuestro fútbol. Discrepan en la fórmula, pero lo cierto es que a todos les crecen los colmillos y se les hace agüita la billetera y la cuenta corriente cuando se habla del negocio.

Después de todo, se trata del botín mayor. El último “agarra Aguirre” del sistemita que nos presentaron en su momento como la gran panacea para todos los males que efectivamente vivía nuestro fútbol, como el modelo que –transparencia mediante- iba a catapultar al más popular de nuestros deportes a las grandes Ligas sudamericanas e incluso mundiales. ¿No iba a ser Colo Colo el Manchester United del continente en un plazo de cinco años, como afirmó con una caradura que ya se la quisiera cualquier político George Garcelón, el primer gerente que tuvo Blanco y Negro?

No se produjo aquel proyectado encumbramiento internacional del Cacique, pero discrepo absolutamente con cualquiera que pretenda calificar tal frustración como un fracaso. Y la razón es simple y clara: quienes a sangre y fuego se apoderaron del fútbol chileno, expropiando con malas artes los clubes a sus socios y a sus hinchas, jamás tuvieron tales sueños de grandeza. Movidos por una irrefrenable y desatada codicia, sólo vieron en el fútbol la actividad de la cual también podían obtener lucro. Y si el negocio no resultaba como ellos esperaban existen intangibles que, bien manejados, como el poder y la fama, también reditúan a la hora de cualquier balance.

Verdaderos linces en sus negocios o empresas, la tropa de sinvergüenzas que se dejó caer sobre la actividad pronto vio que el fútbol no era sumar dos más dos para que dé cuatro. Supieron que el fútbol es una actividad compleja que no depende sólo de tener buena maquinaria y trabajadores calificados, aunque mal pagados, para que rinda la plusvalía de la que hablaba ese majadero de Carlos Marx.

Que teóricamente es fácil alcanzar los triunfos, los éxitos y los campeonatos, pero que todo puede derrumbarse por un pueril autogol o por ese disparo que, en lugar de tocar las mallas, acarició el palo.

Tampoco se hicieron mucho drama por eso. Después de todo, lo de ellos era el negocio, no la primitiva pasión de los adherentes a colores que a ellos siempre les interesaron un carajo.

Y movidos por el negocio, a la hora de reunir dinero no trepidaron en meterles el dedo en la boca a municipios o estafar al Estado. Mucho menos se sonrojaron cuando hubo que eludir o evadir impuestos. ¿Qué culpa podrían tener ellos, sacrificados emprendedores, que el Servicio de Impuestos Internos sea siempre sospechosamente alcahuete e inepto frente a los poderosos?

Así estamos. Expectantes frente a este multimillonario botín cuya repartija tiene a los protagonistas enfrentados, sin poder llegar a acuerdo. Se dice que los tres “grandes”, más la Primera B, van por un lado de la solución y que los restantes buscan otra. Que tanto ColoColo, la U y la UC, o mejor dicho Blanco y Negro, Azul Azul y Cruzados Caballeros, sostienen que, de traspasarse el Canal del Fútbol a cualquiera de las cadenas internacionales interesadas, ya no rige el acuerdo de ir rebajando paulatinamente sus porcentajes mensuales de aquí hasta el 2027.

En otras palabras, si hay venta rechazan una disminución paulatina de sus ganancias, aunque en el lenguaje alambicado quienes rigen el fútbol prefieren utilizar, y no de manera inocente desde luego, el término “excedente”. ¿Será por una cuestión impositiva?
En su empeño por obtener la mayor tajada posible, todos se sacan los ojos. Nadie parece reparar en que, para llegar a esto, tuvo que producirse la connivencia del aparato estatal con los poderes fácticos para quebrar a los dos clubes sin cuyo acuerdo la existencia del Canal del Fútbol, tal como la conocemos, no hubiera sido posible: Colo Colo y Universidad de Chile.

Porque ambas instituciones dieron una lucha denodada por la protección de sus derechos de imagen, reconocidos y respetados mundialmente. Eso hasta que los hicieron desaparecer para transformarlos de Corporaciones de Derecho Privado sin fines de lucro en entes privados donde el lucro es lo fundamental, no la historia, la tradición y el orgullo de club.

¿En qué momento ambas instituciones resignaron graciosamente sus derechos de imagen? Durante el mandato de sus respectivos síndicos. Que, paradójicamente, además, se llenaron los bolsillos de plata gracias a dos clubes que teóricamente estaban quebrados. No sólo ellos, hay que aclararlo: en el caso del Cacique hasta familiares de los “salvadores” síndicos.

Lo que está sucediendo no puede, pues, ser más abusivo. Ni más peligroso. A las puertas de una negociación tan trascendente como gigantesca en cualquier país del mundo (hablamos de países decentes, no nos referimos a repúblicas bananeras), los poderes del Estado estarían más que pendientes de cómo va la cosa. De partida, la Fiscalía Nacional Económica se estaría preguntando de qué forma se creó estemonopolio denominado Canal del Fútbol y cómo es que este monopolio puede pasar, ya sea a plazo fijo o en forma indefinida, a manos extranjeras.

(Qué ingenuos somos a veces, si hasta el cobre, recuperado para Chile en 1971, ha vuelto a estar en un 76% en propiedad de consorcios extranjeros, gracias a los sucesivos gobiernos Concertacionistas).

Los organismos gubernamentales pertinentes se estarían preguntando, además, qué beneficios piensa obtener una cadena internacional que está dispuesta a poner sobre la mesa dos mil millones de dólares, o tal vez más, sin haber calculado antes de qué forma va a obtener el lógico y esperado retorno de utilidades.

Tengamos claro que filántropos no son. Convengamos que el deporte puede motivarlos, pero seguramente los motivan mucho más los beneficios que a través del deporte pueden obtener.

La respuesta es simple para usted, habitante de este país en que con suerte no le han vendido el aire, porque está ahí y es imposible envasarlo. Usted, vacunado ya con la pérdida del agua, de la luz, el gas, y un largo etcétera que dejó de ser nuestro, sabe que, frente a lo que se viene, o paga o muere.

Dicho de forma clara, o agacha el moño ante la sustancial alza que mostrará su cuenta del futuro Canal del Fútbol o como se llame de ahora en adelante, o renuncia definitivamente a ver en acción a su equipo favorito, porque no se nos ocurre nadie sensato que, por pura pasión deportiva, quiera ir en persona al estadio para quedar indefenso en manos de flaites y cogoteros.

Y ojo, que del concepto no está excluido el lumpen de cuello y corbata que se enquistó en la regencia de muchos de nuestros clubes de fútbol.

Una inquietud más: ¿quién asegura que estos regentes no pesquen el botín y, descubriendo súbitamente que su pasión futbolística los abandonó por completo, se lo lleven para la casa?

De verdad: ¿quién podría impedírselos?

Como dijo un antiguo dirigente, tan disidente de Jadue como ahora del nuevo directorio, “vender el CDF no me parece una buena idea. Puede ser pan para hoy y hambre para mañana”.

En otras palabras, la ruina definitiva para un fútbol ya arruinado a causa de estos que llegaron como salvadores y ahora sólo luchan por salvarse ellos.