Plebiscito Constitucional: la curiosa mudez del locuaz Sebastián Piñera

No puede dejar de llamar la atención el que sea el ex mandatario, de los que siguen vivos, el único que no se ha manifestado respecto de la vital votación que tendrá lugar en el país el 4 de septiembre. Una de dos: o de su propio sector los tienen “fondeado”, pidiéndole que por favorcito no hable, o está esperando el día siguiente de las votaciones para jurar –como ya sucedió-, que él siempre estuvo con el sector ganador.

Por LAUTARO GUERRERO

No es normal ni lógico que, frente a la decisión ciudadana más importante de los últimos cincuenta años, fecha que por su trascendencia se emparenta con aquella del 5 de octubre de 1988, quien hasta hace poco ejerció la más alta magistratura de este país –Sebastián  Piñera Echeñique-, haya permanecido absolutamente mudo y ausente del debate respecto del Plebiscito de salida, para decidir si continuamos con la Constitución del dictador, maquillada durante el gobierno de Ricardo Lagos, o adoptamos una nueva Carta Magna que, más allá de los eventuales errores que se pudieron haber cometido, es la más democrática de las diez que ha tenido Chile a través de su historia.

Y es que mientras las anteriores se escribieron por un pequeño grupo de iluminados, regocijados del poder que ostentaban, esta que está en juego en el próximo mes es el fruto de 154 convencionales que, elegidos por el pueblo, pese a todos los problemas, obstáculos y zancadillas, cumplieron dentro del plazo fijado para entregarnos un texto que entra en sus horas claves. No sólo eso: antes, la gente había votado mayoritariamente (78% contra 22%), que no aguantaba más la Constitución del tirano, y que quería que en la nueva Carta Magna no tuviera injerencia alguna la desprestigiada clase política, léase diputados y senadores.

En otras palabras, el pueblo pedía a gritos dejar fuera la “cocina” del Congreso y sus casi siempre indigestos platos.

Recordemos, por último, que a esta decisiva instancia no se llegó producto de un proceso consensuado entre las distintas fuerzas políticas. Es precisamente al revés: fue el hartazgo de la gente por una “transición” que sólo sirvió y satisfizo a unos pocos, la que provocó un estallido social de dimensiones bíblicas que, según dijeron los protagonistas, con su habitual descaro, “nadie vio nunca venir”.

Fueron los estudiantes los que, hartos de una sociedad que marca la diferencia entre ser un profesional o un burro de acuerdo al grosor que tenga la billetera de tus padres, los que, para protestar por el alza de $ 30 que tendría la movilización colectiva, a fines de ese 2019, decidieron saltarse los torniquetes del Metro.

La iniciativa, adoptada además por cabros jóvenes que no corrían ningún riesgo de perder “la pega”, fue mirada con menosprecio y evidente desdén en sus comienzos. Indiferencia que quedó plasmada en las declaraciones de Clemente Pérez, ex director del Ferrocarril Metropolitano en los tiempos de Bachelet, que pasaron a la historia: “El movimiento no prendió, cabros”, dijo muy seguro de sí mismo, agregando que todo no había sido más que una “choreza juvenil”.

Pero ocurre que la supuesta pataleta y “choreza” juvenil fue escalando ese 18 de octubre de 2019. Al punto que, llegada la noche, Chile entero ardía –literalmente- por los cuatro costados. Santiago y otras ciudades, independiente de su población y tamaño, expresaban su cansancio y su furia por un estado de cosas que, claramente, ya no daba para más. Como siempre ocurre, a la gente decente se sumó el lumpen, que jamás ha tenido ideología, como no sea la de sacar partido a río revuelto. Consecuencia: a las protestas pacíficas se sumaron los saqueos y los incendios.

Para graficarlo mejor: mirado desde el aire, Santiago volvía a ser la ciudad en llamas que solía ser cuando, a partir de 1983, comenzaron las protestas contra la Dictadura y el dictador patán e ignaro. Pero mientras en la ciudadanía tenía lugar todo tipo de sentimientos, desde la esperanza al miedo, desde la aceptación al rechazo, nuestro Presidente de la República, tan lejano al pueblo como el zar Nicolás II o Luis XVI, indiferente a todo lo que estaba pasando se iba desde La Moneda a una pizzería del barrio alto, para celebrar el cumpleaños de uno de sus nietos.

La compuerta se había abierto. El dique se había roto. Ni siquiera la feroz represión que le siguió a esa jornada histórica pudo detener la rebelión y la protesta: “No son $ 30 pesos, son 30 años”, fue el tan certero como poético eslogan de los manifestantes, mayoritariamente de los barrios populares, mientras desde Plaza Baquedano hacia la cordillera surgía un miedo cerval contra esos “bolcheviques” que querían, al parecer, tomarse el Palacio de Invierno.

El panorama, naturalmente, volvió loco a Piñera. Lo desarmó, le hizo perder el poco juicio que le iba quedando. El, que tiempo atrás había estado en Cúcuta, invitando a los venezolanos a venirse a Chile, que en su desatado egocentrismo había definido al país como un “oasis latinoamericano”, no encontró nada mejor que declararle la “guerra” a la gente y volver a sacar los militares a la calle.

Pero si él esperaba un respaldo absoluto e incondicional de las FF.AA. se llevó un chasco. Javier Iturriaga, general a cargo del estado de emergencia en la Región Metropolitana, partió aclarando que “yo soy un hombre feliz, no estoy en guerra con nadie”. No sólo eso: el Ejército, al menos, se negó a actuar como Piñera y su gobierno querían, es decir, apresando y matando gente en forma indiscriminada. Y es que ningún uniformado criterioso quería repetir el escenario post golpe de Estado contra Salvador Allende. Sabían, como había ocurrido entonces, que los civiles querían utilizarlos una vez más para defender sus intereses de clase, pero que,llegado el momento de los quiubos y los juicios, todos ellos se iban a lavar las manos, y sólo irían a parar tras las rejas, a la Peni o a Punta Peuco, los protagonistas de atrocidades con uniforme.

La continuación de las protestas, la multitudinaria marchadel 25 de octubre de 2019, a la que sólo en la capital asistió más de un millón de personas, situación replicada en otros puntos del país, hizo que Piñera –sin renunciar a la represión-, tirara la esponja y se convenciera de que, o la clase política le daba una urgente salida, o tendría que arrancar de La Moneda en helicóptero, al igual que su colega argentino Fernando de la Rúa pocos años antes.

La crisis, de seguir ahondándose, obviamente no iba a significar sólo la caída de Sebastián Piñera. La clase política, protagonista también de la ira popular, sin duda temió que el populacho soliviantado pretendiera meterle fuego al Congreso con todos dentro. Y fue de esa forma que, para salvar a Chile de un incendio todavía mayor, un grupo transversal de congresistas – entre los que estuvo Gabriel Boric, a pesar de las críticas que con ello se ganó-, firmó un acuerdo para buscar una salida constitucional a un marasmo de imprevisibles consecuencias.

Con su habitual mesianismo, con su gigantesco aunque nunca justificado ego, porque salvo ser un multimillonario Piñera Echeñique nunca mostró otros atributos que lo hicieran acreedor al menos del respeto de la gente, firmó la convocatoria a Plebiscito para que el pueblo decidiera si quería o no una nueva Constitución. Sonriendo forzadamente, y muy a su pesar, por salvarse él prácticamente entregó el tesoro más preciado que las clases dominantes de este país querían tallada en piedra y cual palabra sagrada: la Constitución de 1980, escrita, entre otros, por Jaime Guzmán, Enrique Ortúzar y algún otro bacalao de similar calaña.

No se engañen, muchachos. Nunca olviden que las clases dominantes van a defender siempre, con uñas y dientes, sus ancestrales e irritantes privilegios.

La táctica fue la de siempre: dejar que el populacho crea que puede salirse con la suya. Si tras la caída de la dictadura la alegría nunca llegó, excepto para unos pocos, ¿qué les iba a costar de nuevo hacerse los giles y los democráticos para seguir embolinándole la perdiz al rotaje?

Y aunque el primer alerta lo tuvieron ya con la elección popular de convencionales, que para nada favoreció a sus posiciones, no se echaron a morir ni nada de eso. Que la derecha quedara en minoría, que la Democracia Cristiana lograra elegir un solo militante químicamente puro (FuadChahín), podía seguir siendo un detalle. Entre otras cosas, porque entre los convencionales “de izquierda” había sido elegido todo un impostor (Rodrigo Rojas Vade), y había varios del “Partido de la Gente” que, siguiendo a su líder en las presidenciales –Franco Parisi-, podían ser un tiro al aire que, finalmente, les podrían ayudar a llevar agua a su molino. Como otros, de la denominada “Lista del Pueblo”, que presas también de un pequeño mesianismo se habían mostrado bastante delirantes.

Efectivamente, fue una convencional de la  Lista del  Pueblo –María Rivera-, quien puso la piel de gallina a los pensantes y a los sensatos, claramente mayoritarios: en su limitada dialéctica, poco menos que propuso para el país la quema de todas las instituciones y la reedición de los soviets de la Revolución de Octubre. Afortunadamente, su afiebradapostura cayó en el más absoluto de los vacíos, al punto que, llegado el momento de votar la norma, ¡ni siquiera ella votó a favor…!

Quiero decir con esto muchachos, que la Constitución que se va a proponer al país puede ser cualquier cosa, menos un mamarracho infumable o un compendio de estupideces, como quieren convencernos la derecha y los privilegiados de este país. Para evitar que el Apruebo se imponga, no sólo nos han jurado estar dispuestos ahora sí a cambiar la espuria Constitución de 1980, sino que no han trepidado en apelar a las más burdas mentiras o “fake news” en las redes sociales.

Como esa señora, de apariencia humilde, que apareció manifestándose por el Rechazo, “porque de ganar el Apruebo nos van a quitar las casas, que van a pasar a ser de propiedad del Estado”.

Y así, suma y sigue. Con tal de echar abajo esta Constitución, hecha por el pueblo y para el pueblo, se ha recurrido majadera y tozudamente a las mentiras más aviesas y groseras. Hasta ahora, sólo les ha faltado decir que, de ganar el Apruebo, a los niños los van a mandar a Cuba. Pero la campaña oficial todavía no parte, así es que de ninguna forma hay que descartarlo.

Tan pobre está de figuras la derecha que, para plantarse ante el Apruebo en mejor pie, han declarado en todos los tonos que la vocería de la campaña la tendrán los “movimientos sociales”, no los políticos profesionales del sector. Saben que, además de desprestigiados, tampoco pueden echar mano a perdedores, y ello explica la urticaria que provocó en los adherentes al Rechazo la aparición de José Antonio Kast.

Es en ese plano que los adherentes al Rechazo tiemblan de sólo pensar que Sebastián Piñera Echeñique abra la boca y su corazoncito. Y es extraña su mudez, porque los otros ex Presidentes vivos se han manifestado sin tapujos. Mientras Eduardo Frei Ruiz-Tagle ya dijo con voz firme y clara que votará en contra de la nueva Constitución, Michelle Bachelet se pronunció con toda claridad por el Apruebo. ¿Ricardo Lagos? Navegando entre dos aguas, como siempre. No se ha manifestado –hasta ahora- por el Apruebo, pero tampoco ha adherido al Rechazo.  Algo así como cuando fue Presidente, que declarándose un hombre de “izquierda” hizo el mejor gobierno que la derecha ha tenido en los últimos cien años.

¿Exagero? Para nada, muchachos. Recuerden ustedes cómo lloraba el gran empresariado de este país cuando a Lagos le tocaba cerrar  por fuera la puerta de La Moneda. ¿Habrá sido porque los trató mal? ¡Si hasta hubo “palos gruesos”, como decía mi abuelita, que hasta propusieron una reforma Constitucional para que pudiera reelegirse…!

Pero el locuaz Piñera es el único Presidente vivo (tratándose de él, aclaro, valen las dos acepciones), que sigue sin decir esta boca es mía. Y es extraño, porque estando todavía en La Moneda nos torturaba día a día con sus infumables cadenas nacionales, para hablar de cualquier cosa con tal de seguir presente. Hasta anunciaba cosas que ya había anunciado. Debe haber pensado que todos los integrantes del populacho, entre el cual me incluyo, eran una manga de giles que no se iban a dar cuenta.

Creo que, al igual como ocurrió con Kast, es la derecha política y económica la que le viene pidiendo por favorcito que se quede callado, al menos hasta el 5 de septiembre. Que no meta, una vez más, la pata hasta la rodilla.

El que Piñera Echeñique se manifestara abiertamente por el Rechazo sería el más grande salvavidas de plomo que podrían tirarle a ese sector privilegiado que se niega a dejar de seguir mamando y abusando del rotaje.

Un autogol de media cancha.