¿Por qué soy de Wanderers?

“Wanderito es una enfermedad”, dice uno de los cánticos de nuestra barra. Se trata de una enfermedad crónica, incurable, más no como un mal, sino como un estado que nos acompaña siempre y del que no queremos salir.

Por AGUSTÍN SQUELLA

Soy de Wanderers, de Santiago Wanderers de Valparaíso, porque a una edad muy temprana descubrí que lo era. Yo no me hice wanderino, me di cuenta de que ese era mi equipo, el de los feroces leones, como dice el himno del club. No debo haber tenido más de 5 años cuando desde la población en que vivía en Las Salinas miré hacia Valparaíso y caí en la cuenta que era de Wanderers. Miré hacia el Puerto, hacia Playa Ancha, hacia una institución aguerrida y popular.

Ese descubrimiento me acompaña hasta hoy, y es parecido a los boleros, porque, como estos últimos, Wanderers gusta y duele a la vez. ¡Cuánta alegría cuando vencemos a un adversario, y cuánta decepción cada vez que nos retiramos cabizbajos de la cancha y de las graderías porque hemos mordido el polvo de la derrota! A mí no me gusta perder, al menos en el fútbol, y si voy a ver a Wanderers es porque quiero verlo ganar, ganar y no necesariamente jugar bien.

“Wanderito es una enfermedad”, dice uno de los cánticos de nuestra barra. Se trata de una enfermedad crónica, incurable, más no como un mal, sino como un estado que nos acompaña siempre y del que no queremos salir.

“Wanderito”, llaman a nuestro club los que pertenecen a otros, y en esa manera de referirse a nosotros hay respeto, admiración, cariño. Ningún hincha de un club, salvo en el caso de Wanderers, se refiere a sus adversarios de esa manera. Nadie dice “Colocolito”, “Calerita”, “San Luisito”, o “Coquimbito”. Solo Wanderes es Wanderito, tanto para su hinchada como para la de otros equipos.

En mi Valparaíso, siempre en mí, dice la letra de una canción sobre Valparaíso.   En mi Wanderers, siempre en mí, declaro como hincha de ese club. Y si alguien nos recuerda que hay amores que matan, Sabina y Serrat replican de esta manera: “amores que matan nunca mueren”.

Y eso de que hay amores que matan no es cuento, y estuvo cerca de concretarse cuando luego de ser campeones en 2001 empatamos con Boca en Buenos Aires por la Libertadores. Terminado ese partido en la Bombonera, dimos un eufórico y sonoro “Ese A Ene”, y los enfurecidos barristas del equipo xeneixe se nos vinieron encima. Uno de los nuestros afirma hasta hoy que uno de los hinchas del equipo local le mostró una pistola. Abandonamos el estadio en medio de guardias de seguridad y al poco rato nos olvidamos de la trifulca comiendo en una parrilla de calle Suipacha en la que estuvieron dos viejas glorias del club: Mario Griguol y “Cachín” Blanco.

Cuando has pasado por una experiencia como esa, ¿para qué preguntar por qué soy wanderino?

Agustín Squella disputando un simbólico clásico de la Quinta Región.