Publican las memorias de Kathleen Hannah, la verdadera feminista punk

Hace unas semanas apareció en Estados Unidos “Rebel Girl”, las memorias de Kathleen Hannah, la cantante, compositora, activista y artista feminista, diría mujer renacentista si existiera tal noción, ya que el espectro cultural que abarcó fue tan amplio como radical, frontwoman de bandas insignes como Bikini Kill y Le Tigre. En el caso de Hannah, nunca mejor empleado el adjetivo “feminista”.

Por SEBASTIÁN GÓMEZ MATUS / Fotos: ARCHIVO

La radicalidad de Kathlen Hannah, al principio muy confrontacional y rechazada por el medio en Olympia, Washington, supo encontrar cauces nuevos a su justificada rabia, entregando una protesta llena de contenido y vitalidad, lejos de todo lugar común, cuya vigencia debiéramos revisitar permanentemente, escuchando su música y ahora leyendo su libro, que lamentablemente no se traducirá tan pronto.

Mientras, es recomendable el documental “The Punk Singer” (2013), de Sini Anderson, que no sólo hace un sensible retrato de la protagonista, sino que también de la escena y la comunidad que surgió a partir de su música y actitud política frente al establishment musical, cultural y sociopolítico.

En sus memorias retrata su infancia, lo que en un momento fue muy polémico, porque inventaron cosas que ella nunca dijo, como que su padre la había violado, algo que nunca ocurrió y que aclara en este volumen.

Cuenta sus años en Evergreen State College, en el cultural pueblito de Olympia, que dio mucho a la cultura de los noventa en adelante. Allí se produjo el encuentro con Kathi Wilcox y Tobi Vail, miembros de la histórica banda Bikini Kill, que cambió para siempre la escena punk y diría, incluso, que su aporte al feminismo y la lucha de las mujeres fue mayor que mucha de la que provino de la teoría, hoy en franca crisis.

De hecho, el efecto teórico de la actualidad propende hacia una relativización de ciertas nociones (como “La fuerza de la no-violencia”, de Judith Butler) o hacia una suerte de revocación de los efectos liberales de la teoría sobre la cultura y la sociedad.

Así, Hannah reflexiona, después de una trayectoria tan álgida como criticada (¡era que no!), de una manera muy interesante, propiciada por las ideas pasadas por la experiencia, los años de circo e incluso la crisis de algunos predicamentos, como su enamoramiento y posterior matrimonio con Adam Horovitz, de los Beastie Boys, gran compañero de la vocalista, sobre todo a instancias de la extraña enfermedad que padece Hannah -el mal de Lyme-, que durante un buen tiempo la mantuvo alejada de los escenarios.

Al mismo tiempo, revisa de manera más cautelosa aspectos de su vida que fueron dinamita en el momento que surgieron. Me refiero al movimiento riot grrrl, donde matiza el gruñido del neologismo, y agrega variables como raza; critica también la deriva liberal o de plano vengativa de cierta parcela feminista. En particular, se muestra crítica con el concepto de sororidad, como si una mujer estuviera obligada a tomar parte por otra, cuando de lo que se trata es de que ninguna mujer hable por otra mujer, etc.

“La violencia masculina no me creó”, escribe, “sólo hizo más difícil hacer mi arte, pero igual lo hice”.

El libro de Kathleen Hannah es crudo, sincero, sensible, poético a ratos y pleno de reflexiones culturales que vienen de la experiencia y no de la formulación teórica. No tiene sentido querer evaluar su influencia en el feminismo contemporáneo, que es vastísima, sobre todo porque, al menos en Chile, muy poca gente escucha Bikini Kill, Le Tigre o Julie Ruin, bandas que bien pudieran ser centrales en la formación de la conciencia crítica y musical de las huestes verdimoradas.

Es interesante ver la evolución política (¿la madurez?) de Kathleen Hannah, que como artista tiene que ser una de las más radicales y honestas que hay. A lo largo de las páginas de “Rebel Girl”, título tomado de la canción homónima, considera su “activismo imperfecto”, como una conciencia crítica que debiera subsanar ciertos espacios de agresividad sistémica en que ha caído el oleaje feminista, en gran medida debido a la máquina de deglución simbólica del ultraliberalismo.

Algunos críticos comentaron la falta de orden cronológico de las memorias, como si la memoria fuera lineal, y tildaron el libro como una suerte de monólogo interior, que a todas luces parecería el modo más honesto de contar una vida, sobre todo una vida como la suya, y no reparar en la gringada de capítulos ordenados para que la gente reciba una vida deglutida y no una vida, sin adjetivos.

“Rebel Girl” es un libro que bien puede echar algunas luces sobre el presente del feminismo, el artivismo y la relación siempre crítica entre mujeres y música. El público hispanohablante queda a la espera de una traducción que le haga justicia a una vida que tomó las armas musicales por su cuenta, abriendo un inmenso agujero fucsia en la opacidad de la cultura de los noventa y que debiera expandirse a la hipocresía de la cultura actual.