¿Qué te hicieron, Estadio Nacional? (ya ni siquiera nos juntamos en el pilucho)

Los penosos incidentes que rodearon el concierto de Daddy Yankee en nuestro principal coliseo deportivo constituyen la segunda gran profanación de que ha sido objeto el que en los hechos es un elefante blanco, donde alguna vez se jugó fútbol.

 

Ustedes son muy jóvenes, pero había una época en que en el Estadio Nacional se jugaba fútbol. Era una taza de leche comparado con lo se vio la noche de este martes, con los desmadres, mostradas de hilacha como “raza” y vergüenzas ajenas registradas en el concierto de Daddy Yankee. Pero, curiosamente, la manga ancha opera cuando no hay fútbol. La disparidad de criterios es inexplicable. Los castigos y sanciones aplicadas en el deporte de la pelotita son blandos (a veces rozando lo absurdo), pero por lo menos llegan de vez en cuando.

Al Nacional lo están matando. Claro, se dice que lo están remodelando para recibir los Juegos Panamericanos de este año, que lo están transformando en un “parque deportivo”, pero yo le hablo de otra cosa. De lo que significaba ir al Estadio Nacional, de una experiencia que ya no será posible.

Los clásicos universitarios de 1994 se disputaron con más de 70 mil personas en el Nacional.

Para empezar, redujeron su capacidad a la mitad. Los partidos “a estadio lleno”, de “80 mil almas en Ñuñoa”, son parte del pasado. Jibarizaron el aforo a 45 mil espectadores. Y pregúnteme si las butacas que dejaron en lugar de los tradicionales y acogedores tablones son cómodas… Oiga, cabe un solo cachete. Si es que… Y como un hincha-hincha no puede ver el partido de pie y tiene que subirse a esos asientos si los de la fila de abajo lo hacen, en esas localidades los nuevos chiches se encuentran en permanente reposición. Cuando se juega en el Nacional, claro.

Ignoro con qué nos vamos a encontrar cuando de nuevo abran las puertas del “Pasional” para el fútbol, pero por más monono, amplio, resplandeciente y hasta moderno que les quede (en una de esas por fin aggiornan el vetusto marcador), no será lo mismo.

Es que ni la gente es la misma que antes. De niño, las primeras veces que fui al Nacional, hacía un gol mi equipo y yo y mi viejo nos parábamos y celebrábamos sin temor a que los que estaban sentados al lado nos dieran ni una camotera ni nos miraran feo. Ese era el Chile republicano de antes (republicano en el buen sentido de la palabra).

Hoy salir a la calle con la camiseta del equipo propio podría ser interpretado como un insulto por algún termocéfalo de “la contra”, podría significar un mal rato para uno y hasta podría costarle la vida si la luce en el momento “equivocado” y la cuadra “equivocada”. ¿O no se ha fijado cómo están marcados territorialmente las calles? Mire los colores de los postes del alumbrado y va a notarlo.

A Universidad de Chile se le puncetea con aquello de que es un equipo sin estadio, pero objetivamente son poquitos los clubes que lo tienen. Casi todos son propiedad de alguna municipalidad (y a Antofagasta el alcalde ya lo invitó a desalojar el recinto por deudas impagas). Católica cerró el suyo para darle una manito de gato. Unión lo prestó a unos rugbistas un día de lluvia (la tormenta perfecta, dirá usted) y pasó sus buenas semanas entrenando en Lampa.

 

El Nacional era el estadio de todos. Era bonito eso de saber que a un Colo Colo vs Católica habían asistido 80 socios de Audax, 100 de Unión y 200 de la U. Uno quería a su campeonato. A su estadio. A sus jugadores. Los conocía y seguía de potrillos. Ahora se van apenas les resulta la primera cachaña en un partido oficial (a Carlos Palacios, a Ángelo Araos, a Luis Rojas no alcanzamos a disfrutarlos).

Lo que pasó con Daddy Yankee en el Nacional es la segunda gran desgracia que vive ese lugar. La primera fue servir de campo de concentración de carpinteros, obreros y estudiantes sospechosos de ser en realidad terroristas potenciales. Y, ya se sabe, en dictaduras tan sanguinarias como la que sufrimos desde 1973 se es culpable hasta que no se demuestre lo contrario.

Allí celebré un tricampeonato, dos Sudamericanas (la de Pachuca y la del 2011), rocé la locura cuando Salas conectó ese cabezazo para vencer al “Pato” Toledo, fui a la despedida de Rivarola, seguí con la vista esa sonda espacial lanzada por Higuaín en el arco sur el 2015 y, esa misma noche, grité hasta el paroxismo ese infartante último penal de Alexis contra el “Chiquito” Romero.

Hoy cuando paso por Avenida Grecia es como si viera a un viejo conocido, del que no recuerdo su nombre y con el que no hay tema, por lo que ninguno de los dos hace amago de detenerse para conversar. Triste.

Foto: AGENCIA UNO.

Antes, cuando no existían los celulares en Santiago de Chile, la frase era “Juntémonos en el pilucho”. Ahora, con tanto pillo y pilla tratando de hacer uso de la malentendida “chispeza” chilena, colándose descaradamente en recitales de reggaetoneros y subiendo la proeza a sus redes sociales, ni eso se puede hacer.

Al Nacional, el Nacional de siempre, el del fútbol, lo están matando ante nuestras narices.