¿Quién invitó a esta tropa de picantes y depravados a envilecer el Apruebo?

La “performance” protagonizada por “Las Indetectables”, grupo de travestis que se juran mujeres, más que revuelo sigue provocando indignación y una colosal vergüenza. Llevarlos no fue un disparo en los pies: fue volarse las patas de un escopetazo. Una celda, en lugar de un escenario, sería el lugar más adecuado para estos degenerados.

Por: Lautaro Guerrero

Confieso que, cuando me enteré, me espanté, pero no me sorprendí. Con esta imbecibilidad de la “inclusión”, sin fijar límites ni rayar la cancha, quedábamos expuestos a que, en cualquier momento, producto de estas minorías depravadas y carentes de toda vergüenza y principios, tuviéramos que sufrir el profundo impacto que vivimos todos aquellos que nos consideramos sólo ciudadanos normales, y que no podríamos jamás sentirnos interpretados por esta tropa creciente de degenerados que el pasado sábado, en Valparaíso, dieron la nota alta envileciendo una causa justa y noble, como es aquella del “Apruebo”.

“Las Indetectables”, un grupo de travestis tan picantes como ordinarios, y carentes absolutamente de criterio, remecieron a una sociedad que, más allá de sus profundas divisiones de todo tipo, entiende las diferencias que hay entre lo que se llama “una performance” y un simple acto escatológico, gratuitamente transgresor y de una chabacanería que ni el de mente más amplia podría aceptar sin hacer arcadas. Lo peor de todo, y que habla de lo peligrosa que pueden ser esta tropa de inadaptados sociales y sexuales, es que tuvieron la audacia de vomitar lo que sus retorcidas mentes les dictan en presencia de niños y adolescentes.

Gentuza como ésta no merece ni la más mínima consideración. Sólo cabe esperar que el Ejecutivo, y la Fiscalía que corresponda, lleven a proceso a estos “artistas” de mala muerte y los pongan a buen recaudo tras las rejas. Y es que, el que anden libres por la vida, constituye un peligro tan enorme como el que significan delincuentes, narcos y sicópatas de todo tipo caminando libres por las calles.

No se trata de ser pacatos, muchachos. Con los años, uno ha aprendido a convivir con gays y lesbianas que, a pesar de que han existido desde que el mundo es mundo, seguían provocando recelo y –también-, una buena cuota de abierto o solapado rechazo. Pero la misma vida nos fue enseñando que cada uno es dueño de su sexualidad en la medida que exista respeto y una conducta prudente y no invasiva. Hasta el propio papa Francisco acabó por aceptarlo, señalando que “¿quién soy yo para impedir que exista el amor entre seres de un mismo sexo?”.

En otras palabras, que un par de gays o de lesbianas decidan unirse y llevar una vida en común, a nadie debiera importarle, en la medida que sean “piolitas”, mantengan el decoro y no hagan proselitismo para intentar unir más ovejas a su rebaño. Si mediante esa unión consiguen darle una vida mejor a un niño, ¿alguien podría poner el grito en el cielo por eso, habiendo tanto cabro chico abandonado y viviendo bajo un puente? La situación para ese niño será siempre mejor que pasar su infancia en un hogar lleno de carencias de todo tipo, primer paso para el ingreso al mundo de la delincuencia.

El problema que yo vengo advirtiendo desde hace tiempo es que, buena parte del mundo homosexual, conforme fue obteniendo derechos antiguamente negados de plano, hoy se cree empoderado de tal manera que han terminado subiéndose por el chorro. Ojo: digo claramente una buena parte del mundo gay, no todo, para que no me acusen de homofóbico, porque no lo soy. Me refiero específicamente a esa cada vez más numerosa legión que, de una u otra manera, al parecer pretende convencernos de que su opción es la correcta, y que todos los demás somos una manga de zopencos.

No puedo pensar otra cosa cuando puedo ver, de tanto en tanto y por las calles de distintas ciudades del mundo, una marcha que sus propios organizadores han nominado como “La marcha del orgullo gay”. ¿Orgullo? ¿Orgullo de qué, viejo? ¿Vuestro orgullo implica que el resto tenemos que sentirnos acomplejados o poquita cosa? Llámenla simplemente “Marcha gay” y de esa forma no transgreden a nadie, así como nunca les gustó que a ustedes los transgredieran. Pónganle, por último, “Aquí marchamos los que estamos felices de ser gays”, y les aseguro que nadie que os mire se va a sentir agredido o menospreciado por ustedes. ¡Faltaba más, muchachos…!

Y muy distinto sería, también, que gays y lesbianas marcharan sin necesidad de tener que disfrazarse. Porque convengamos también que para cualquiera resulta chocante y grotesco ver tipos, biológicamente machos, con todo lo que ello implica, ataviados con vestidos de tul o de organza, viviendo la ilusión vana de haberse convertido en mujeres de la noche a la mañana. O a provectas damas disfrazadas de caballeros, pero desmentidas a la legua por potos redondos y protuberancias toráxicas que finalmente igual las delatan.

No estoy exagerando. No estoy calumniando a nadie. Tipos “más feos que el hambre”, como dijo el futbolista Giorgio Chiellini, juran que pasan por finas y delicadas damiselas por el sólo hecho de ponerse sostén y calzones. ¿No se miraron antes en un espejo, grotescos insensatos?

¿Orgullo gay? ¿Qué es eso? Hablen por último de la “conformidad gay”, porque de ese modo sería mucho más fácil que nos entendiéramos.

El problema es que, hoy en día, a los propios gays y lesbianas les ha salido gente al camino, amparados en una inclusión que, por aceptarlos finalmente a ellos, ha dado pie para que todo tipo de degenerados pretendan seguir pasándonos gatos por liebres. Con la barreta de que el amor no puede reconocer sexo ni edad, existe al acecho una legión de pedófilos que, a través de todo el mundo, vienen siendo depredadores de niños. Y países mucho más organizados y sabios que nosotros, ya han encendido las alarmas a través de muchos estudios que analizan esa y otras aberraciones.

La denominada “inclusión” siempre será bienvenida. Habla de una sociedad más tolerante y, por lo mismo, más justa. Pero toda inclusión debe tener sus límites. Y bien marcaditos, para que nadie se pase de vivo. Así como no puede haber “inclusión” para patos malos, delincuentes de cuello y corbata y narcotraficantes, tampoco puede haberla para estos depravados sexuales que, en su infinito descriterio y audacia, quieren meternos a todo en el mismo saco de sus pervertidos propósitos.

Partamos por cortarla con esa estupidez del “todes” y de los “chiques”. El biológicamente hombre lo va a seguir siendo por muy gay que se sienta y se declare. No va a poder menstruar o parir ni aunque sea lo que más desea y añora en este mundo. Lo mismo corre para las lesbianas: seguirán teniendo su período, aunque les moleste o las rebele, aunque como contrapartida no sufrirán los estragos de la próstata. Una por otra, pues muchachas.

No deja de ser preocupante que este gobierno, que encarna muchas de las ilusiones y aspiraciones de un pueblo, ya esté preparando al aparato público para diversas charlas, encuentros, seminarios o como quiera llamársele, para tratar el tema de la inclusión. Preocupante porque, siendo un gobierno hasta aquí limpio y honesto, no como otros, ha metido reiteradamente la pata en temas que, siendo fundamentales, los ha abordado con una llamativa ingenuidad, que la oposición, naturalmente, ha calificado como “incapacidad”. ¡Ellos, los más impolutos y capaces…!

Nos referimos al de los derechos humanos y a esta entelequia moderna acerca de la identidad de género.

Con tanto pato malo extranjero e indocumentado, instalando incluso delitos que aquí no conocíamos, o que sufríamos muy de tarde en tarde, se imponen redadas masivas para expulsar del país a todos estos indeseables. Porque bastante tenemos ya con los delincuentes nuestros. ¿Qué con eso vulneramos los derechos humanos? ¡A la cresta, viejo! Los derechos humanos corren para la gente decente, no para los delincuentes, que además se sientan en esos derechos.

Respecto de la identidad de género, la grotesca y escatológica experiencia de Valparaíso me imagino que ya les habrá limpiado el parabrisas para saber que en este tema no se puede andar con remilgos ni chiquititas. Lesbianas y gays decentes, piolitas, no invasivos ni proselitistas, vaya y pase. Están, por lo demás, en todos los segmentos de nuestra dividida sociedad.

Pero a toda esta tropa de picantes y pervertidos, como “Las Indetectables”, hay que darles con el mocho del hacha. Por ordinarios al cubo, groseros con alevosía y envilecedores de cualquier causa.

No los queremos, no los necesitamos para nada. Limítense a los tugurios de donde salieron y vomiten allí sus “performances”, dignas de por y para enfermos mentales.