«Quise pelusear cuando la UC logró su primer título»

La mano firme de papá impidió que saltara la cancha, como tantos otros, y me limité a observar el festejo y el tremendo porrazo que se dio Sergio Livingstone arrancando de un reportero. 2-1 le ganaron esa tarde los cruzados al Audax Italiano.         

Por JULIO SALVIAT / Foto REVISTA ESTADIO

Hay imágenes de la niñez que nunca se borran.

Tengo varias. 

Y ahora, pensando que se cortará la racha de campeonatos ganados por Universidad Católica, se me viene a la mente la de su primer título, con un detalle que pasó inadvertido: un porrazo que se dio Sergio Livingstone cuando salió del pasto del Estadio Nacional y pisó el cemento del túnel norte que llevaba al camarín.

Seis años tenía entonces y en un par de meses más iba a cumplir siete.

Mi papá era colocolino, pero adivinó que esa tarde del domingo 27 de noviembre de 1949 iba a ocurrir algo importante. A lo mejor –especulo ahora- deseaba un triunfo de Audax Italiano, el campeón vigente, para que se prolongara el suspenso y tardara un poco la celebración de la UC.  Era la penúltima fecha y estaban separados por cuatro puntos. Les bastaba un empate a los cruzados para ser campeones. Una victoria itálica dejaba suspenso para la jornada siguiente y final. 

Para mí fue como un regalo navideño adelantado, esperando aún la pelota de fútbol nuevecita que amanecía al pie de la cama después de cada Nochebuena y que más temprano que tarde terminaba atropellada por alguna góndola que pasaba por Sierra Bella. Ya me gustaba ir al estadio, jugara quien jugara. Mi tío Germán solía llevarme a los partidos de la U; mi tío Luis me invitaba a los de Magallanes, papá, a los del Colo. Y era la primera vez que veía la franja celeste de la Católica y la camiseta verde del Audax.

Caminando por Ñuble hacia la cordillera y saltando las acequias del potrero que había entre Vicuña Mackenna y el gran coliseo, papá me advirtió que me fijara en dos jugadores; el arquero, al que le decían Sapo, y el interior izquierdo, al que apodaban Charro.

José Manuel Moreno.

Nos instalamos en la Tribuna Pacífico, fuera de marquesina, cargados hacia el sector norte. La tarde estaba soleada y el estadio estaba a media capacidad: unos 25 mil espectadores. A papá le llamó la atención la velocidad de juego de la UC y la posición de su astro máximo, José Manuel Moreno. No apareció como el típico volante creativo que se había lucido en el torneo, sino que se instaló en el área rival, a la misma altura del Raimundo  “el Huaso” Infante, el ariete central, y le desarmó todo el plan al equipo contrario.

A la media hora de juego, la UC ya ganaba 2-0. Yo no conocía a los jugadores y, cuando los cruzados se estaban felicitando, pregunté quién había metido el primer gol. “El Pirulo”, me dijo. “¿Quién”, insistí. “Fernando Riera, hijo. ¿Viste lo bien que le pega con la zurda?”… Cuando Infante anotó el segundo, ya lo tenía identificado.

Cuando terminó el primer tiempo y empecé a quebrar cáscaras del cucurucho de maní, Livingstone todavía no me daba motivos para admirarlo. No le había llegado nada, salvo un par de centros elevados que atrapó sin grandes problemas. El que me había llamado la atención, aparte de Moreno, era un mediocampista pequeño de porte y gran trajinador. “¿Quién es ese, papá?”. “el Chico Carvallo, hijo: Hernán Carvallo”.

Cambió el partido en el segundo tiempo. La defensa cruzada se acomodó cerca de su área, los volantes avanzaron menos y Audax Italiano tomó por primera vez la iniciativa. Y ahora sí que apareció el Sapo que quería ver. No se le movió un pelo para embolsar un par de remates de distancia, y algo se tuvo que exigir para evitar que Juan Zárate le metiera la pelota entre su cuerpo y el vertical cuando se había adelantado presumiendo que iba a efectuar un centro.

Pero lo maravilloso sucedió cuando se las tuvo que ver frente a Carlos Varela, que lo enfrentó en diagonal y pareció que lo fusilaba con su clásico remate cruzado… Todavía aplaudo la volada de Livingstone para llegar a la pelota y echarla al córner con la punta de los dedos.

Sergio Roberto Livingstone.

Esa atajada resultó decisiva, porque faltaba buena parte del segundo tiempo y Audax descargaba la poderosa artillería que lo había llevado al título el año anterior. Alcanzó a descontar el Audax con una anotación de su goleador, el centrodelantero Rinaldi. Pero ya era muy tarde: faltaban, apenas, dos minutos de juego.

Me dieron ganas de saltar a la cancha, como lo hicieron otros, para pelusear, pero la mano de papá no soltó la mía. Y de pie sobre ese asiento contemplé el festejo. Eso me permitió seguir los pasos de Livingstone, que arrancaba de una persona que lo perseguía con un micrófono en la mano. El Sapo saltó del pasto al cemento y rodó por el túnel.

Años después, revisando detalles de ese partido, supe que no le pasó nada. Y otras cosas: que era su primer título, por ejemplo, con un balance de 16 victorias, dos empates y cuatro derrotas, en los 22 partidos que jugó. Que la UC anotó 45 goles, veinte más de los que le hicieron al Sapo. Y que su máximo goleador fue el Huaso Infante, segundo anotador del campeonato, escoltando a Mario Lorca, artillero de Unión Española.

Y también advertí algo más sintomático: vi una foto grande que mostraba a siete jugadores que habían salido del semillero: Mario y Manuel Álvarez, Fernando Roldan, Raimundo Infante, Andrés Prieto, Jaime Vásquez y Hernán Carvallo. En la bajada del artículo se decía lo mismo que ahora, más de 70 años después: “En sus divisiones inferiores la Universidad Católica tiene la base de su éxito actual, y la mejor garantía de su futuro”.