Recuerdos de un miniclasico de antaño

Tenía ocho años cuando vi por primera vez un duelo de Colo Colo con Universidad de Chile. Sin antagonismos exagerados, muy lejos de los ardientes Superclásicos, brindaron un  partido del que recuerdo detalles y que dejó grabados varios nombres en la incipiente alma futbolera de un niño asombrado.

Ocho años había cumplido cuando fui por primera vez sin compañía adulta a un partido de fútbol. Ahora que tengo 76, todavía lo recuerdo con agrado y sentimiento. Fue, también, el primero de un centenar de duelos entre Colo Colo y Universidad de Chile que vi en mi vida.

En agosto de 1951, ya vivía en un perdido fundo de la provincia de O’Higgins, actual Sexta Región, y estábamos de visita en Santiago en casa de los abuelos maternos. Después del almuerzo dominical, me ofrecieron dinero para ir al cine, pero yo tenía otra idea: quería ir al estadio. Y mi hermano, un año mayor, estuvo de acuerdo.

Mamá miró a papá, éste asintió y mi abuelo deslizó unas monedas en mis bolsillos. Por decisión gubernamental, ese mismo año se había decretado que los niños no pagarían entrada para los espectáculos deportivos. “Paga calugas”, susurró el abuelo alemán, que nunca pudo pronunciar la erre.

La casa estaba en la calle Madrid, entre Maule y Pedro Lagos. Es decir, bastante cerca del Estadio Nacional. Y para allá enfilamos a pie, primero hacia el sur hasta Ñuble y después hacia el oriente. La ciudad terminaba en Vicuña Mackenna. De ahí hacia la cordillera había un extenso potrero que hacía ver toda su magnitud al impresionante coliseo. Había llovido y nos fuimos evitando charcas y saltando acequias.

NOMBRES INOLVIDABLES

Estaban saliendo a la cancha los equipos cuando nos instalamos muy patudamente bajo la marquesina. Los ojos infantiles hacen ver todo más grande y veíamos una cancha gigante y un recinto magnífico con 25 mil personas en sus graderías. Camisetas blancas, pantalón y medias negras en el sector norte. Camisetas azules, pantalones blancos y medias blancas con franjas horizontales azules en el otro sector.

Eran inmensos, también, los números en las espaldas de las camisetas. Y los que estaban al lado nuestro se preguntaban quién era el 9 de la U. De más atrás llegó la respuesta: “Es Passeiro, el español”.

No lo sabíamos, pero esa tarde debutaba en canchas chilenas un gallego llamado José Antonio Fernández Sánchez, conocido allá y acá por su apodo más que su nombre, que tenía 23 años y había jugado en Deportivo La Coruña,

Le seguimos los pasos al gallego y nos gustó cómo jugaba. Ya éramos hinchas suyos cuando, bordeando la media hora de juego y aprovechando un córner servido desde el sector derecho del ataque azul, conectó un cabezazo que dejó asombrada a la multitud y eufóricos a los escasos hinchas universitarios. Era la apertura de la cuenta y la carta de presentación de Passeiro, que regresó al año subsiguiente a su país después de anotar 22 goles en los 42 partido que jugó por la U.

Del que sabíamos bastante, por los relatos radiales que escuchábamos en el campo, era de Jaime Ramírez. Tenía 18 años y ya estaba consagrado. Pero esa tarde fue anulado por José Campos, un eficiente lateral que jugó 100 partidos defendiendo a Colo Colo. También nos interesaba ver a Mario Ibáñez, el arquero de la U. Nos intrigaba que un médico jugara fútbol. Y ahí lo comprobamos: era cierto.

El entusiasmo que nos provocó el primer tiempo de Universidad de Chile fue cambiando de color en el segundo lapso. El dominio de Colo se fue intensificando y terminó siendo arrollador. Sergio Navarro se llamaba el puntero izquierdo (igual que el capitán mundialista del ’62) que logró la igualdad. Y ya cerca del final, José Santos Arias (después, gran entrenador), consiguió el gol del triunfo con un estupendo cabezazo.

De vuelta, chuteando tapas de botella, comentábamos con mi hermano lo mejor del partido. Y coincidíamos, en general, con las figuras. Nos encantó la espectacularidad de Misael Escuti en algunas atajadas, nos impresionó Arturo Farías por la violencia de su disparo en un tiro libre, pero quedamos maravillados con la habilidad y los carrerones de Manuel Muñoz, “el expreso de Tocopilla”, como se le apodó al comienzo, “Colo Colo Muñoz”, como quedó en el corazón del club.

En las páginas amarillentas de la historia, ese Colo Colo-U no tiene gran trascendencia. Pero fue muy importante para el alma de un niño que seguiría ligado al fútbol por el resto de sus días.