SERIE MÚSICA EN EL EXILIO: Amankay, la flor sudamericana que brotó entre tulipanes (parte I)

Desde hoy publicaremos en tres capítulos sucesivos la historia de esta banda chileno-holandesa, que con cinco años de trayectoria y un único disco propio pasó a ser considerada una de las mejores y más avanzadas de la diáspora.

POR JORGE CASTILLO PIZARRO / Fotos: GENTILEZA

Un antiguo convento construido en La Haya, Holanda, en la segunda década del siglo 20, reconvertido a inicios de los años 70 en hogar estudiantil, sirvió de cuna después del Golpe de Estado a una de las cumbres musicales del exilio chileno: Amankay. Con el paso del tiempo, su único disco se situó a la altura de las mejores producciones durante la época de dictadura.

El grupo, que lleva el nombre de una flor común en Sudamérica, se mantuvo activo durante cinco años, entre 1976 y 1981. En ese período destacó de inmediato gracias a una impronta que eludió el estereotipo de muchos grupos formados en el exilio, apegados a la interpretación del repertorio más conocido de la Nueva Canción Chilena (NCCh).

La delicada recreación de melodías del folclor sudamericano, conjugada con los arreglos de temas más complejos y la elección de canciones denunciantes distintas a las emblemáticas, conformaron un sonido precursor en la transformación estético-conceptual desarrollada en los años 80 por conjuntos como Quilapayún e Inti Illimani.

El antiguo Conservatorio Real de La Haya, uno de los centros académicos musicales más respetados a nivel mundial.

Así lo explicó en su última visita a Chile uno de sus fundadores y director musical, Patricio Wang. “Nuestro grupo nació para apoyar las actividades de solidaridad con Chile y para aportar con nueva música. En ese tiempo, todas las actividades estaban acompañadas por música y era necesario aportar por ese lado, pero queríamos hacer una cosa musicalmente interesante”.

Ahondando en ese aspecto diferenciador, Wang pormenoriza: “Muchos grupos aficionados transmitían desde el exilio las canciones emblemáticas de la Nueva Canción Chilena, pero nosotros éramos músicos profesionales, o en camino de serlo, y sentimos que nuestra vocación no era repetir lo hecho, sino aportar nuevas ideas musicales a la causa chilena. Como yo trabajaba intensamente componiendo para cine, obras de teatro y danza, mucho de ese material alimentó también la música de Amankay, y así nuestro grupo forjó un repertorio original que llamó la atención”.

Pese a todos sus méritos, tal como ocurrió con la mayoría de los conjuntos del exilio, Amankay no fue debidamente conocido en Chile. Tampoco lo fue con el retorno de la democracia. Para ese entonces, sus integrantes habían desarrollado sus propias carreras y el grupo ya no existía, a pesar de que posteriormente haya revivido en algunas ocasiones y entre sus músicos hubiera también variados entrecruzamientos creativos que siguen vigentes.

Recién 42 años después de su disolución, Amankay se reactivó una vez más en 2023 para -por fin- venir a Chile a mostrar su música.

Este viaje de retorno, a propósito de los 50 años del Golpe, sirvió también para conocer de boca de sus integrantes esa historia sumergida.

ESTUDIOS, AMISTAD Y COMPROMISO

Casi cinco décadas antes de su debut en Chile, los músicos de Amankay fueron llegando de a poco a ese ex recinto religioso llamado Onze Lieve Vrouw Ter Nood (traducible como Nuestra Señora del Socorro). Estaba a una cuadra del prestigioso Conservatorio Real de La Haya, el imán que provocó la llegada a esa ciudad holandesa -sede del derecho penal internacional- de los futuros miembros de la banda.

Pese a ser un grupo con lazos con el Partido Comunista, ninguno de sus integrantes chilenos llegó a Holanda expulsado por la dictadura.

El ex convento devenido en hogar estudiantil, en el que nació la amistad que afianzó el proyecto de Amankay.

La primera en instalarse en La Haya fue la holandesa Winanda van Vliet, en 1972. Proveniente de la localidad de Jutphaas, ese mismo año escuchó un disco de Violeta Parra y se atrevió a cantar “Qué dirá el Santo Padre”, cuando en paralelo afloraba en ella una incipiente conciencia política que la hizo matizar un repertorio basado hasta entonces en cantautores norteamericanos como Bob Dylan, James Taylor, Joan Báez y Joni Mitchell.

Su creciente posición política maduró abruptamente con el Golpe en nuestro país. Y por la activación inmediata en Europa de varios de los principales músicos y bandas nacionales que debieron exiliarse.

“En 1973 o 1974 estuve en el conservatorio en una actuación de Inti Illimani. El concierto me impresionó mucho, no tanto por la música y los instrumentos tradicionales, sino más bien por el impacto político que me transmitieron estos hermosos jóvenes y sus ponchos rojos”, explica la cantante para graficar su brusco aterrizaje en nuestra realidad.

De esta realidad nunca se ha desligado, al punto de afirmar que “mi conexión con el espíritu de la música latinoamericana fue tan fuerte que se ha convertido en algo mío, que me pertenece”. 

A ella le siguió, en 1975, Ricardo Mendeville (Santiago, 1952), guitarrista chileno que hasta antes del Golpe fue parte del grupo rockero Escombros. Él había dejado el país apresuradamente en enero de 1974 junto a su joven esposa, Danai Höhne, cantante chilena que años después se convertiría en una estrella del rock-pop peruano. Danai era hija del constructor civil alemán Herbert Höhne y de la bailarina y música griega Mirka Stratigopoulou, ambos llegados muy jóvenes a Chile.

Casi inmediatamente después del Golpe, relata Mendeville, “el papá de Danai cayó preso por ayudar a chilenos a asilarse en la embajada de Alemania”. Él y Danai lo buscaron hasta encontrarlo en el Estadio Nacional, donde permaneció detenido por más de una semana. Ese suceso y la adhesión de ambos al derrocado gobierno popular los decidieron a dejar rápidamente el país rumbo a Grecia.

Al poco tiempo, durante 1974, tras también haber vivido brevemente en Austria y Alemania, ambos terminaron su relación. Mendeville viajó a Holanda y conoció a un profesor germano del Conservatorio Real de La Haya que dictaba una conferencia sobre Violeta Parra y la NCCh. Gracias a sus gestiones, el guitarrista chileno logró matricularse en enero de 1975 y proseguir su perfeccionamiento instrumental. 

Pese a su raíz rockera, su tránsito hacia la música folclórica y política fluyó fácilmente. “Cuando me fui de Chile, hice todo un esfuerzo que me resultó. Yo quería llevarme una guitarra y un charango y, finalmente, a última hora, me pude conseguir el charango, instrumento cuya primera imagen que tengo es en manos de Horacio Salinas (director de Inti Illimani), sacándole algunos sonidos en un pasillo del Conservatorio de la Universidad de Chile”.

Un año más tarde, en 1976, llegó Patricio Wang (Santiago, 1952) para estudiar composición y guitarra. Quien a la postre se convirtió en el director musical del grupo, fue invitado a cursar estudios en La Haya por Mendeville, su ex compañero de estudios y primeras andanzas musicales en el Instituto Nacional y en la Facultad de Ciencias y Artes Musicales y Escénicas de la Universidad de Chile.

A Wang poco y nada le quedaba por hacer en Chile. En enero de 1974, luego de un arbitrario juicio, fue expulsado de la universidad. Fue acusado de ser un “elemento pernicioso y violentista, de gran poder de convicción e influencia sobre el resto de sus compañeros”.

Su participación en la fundación y afianzamiento de Barroco Andino, el primer conjunto que ya a fines de 1973 rompió la prohibición dictatorial de hacer sonar instrumentos evocadores de la “banda sonora” de la Unidad Popular, no le bastaba, pese al valioso aporte que hacía en esos tiempos amenazantes aquel ensamble cuyo único director ha sido Jaime Soto León.

La interrupción de sus estudios de composición y la imposibilidad de proseguirlos en otras universidades del país, llevaron a Wang a postular y ser aceptado en el Conservatorio Real de La Haya, de primera línea a nivel europeo y con “un sello musicalmente progresista, dinámico y ebullente”, como lo describe el propio Wang.

En una primera etapa, el grupo fue completado con otros dos músicos.

La primera formación de Amankay: Calabacero, Van Vliet, Mendeville, Wang y Kolb.

Uno era el mexicano Roberto Kolb, alumno de oboe del conservatorio holandés desde antes del Golpe y quien le dio la funesta noticia el 11 de septiembre a Winanda van Vliet. “Él estaba devastado y fue a través suyo que empecé a informarme más sobre los ideales de Salvador Allende, el gobierno de la Unidad Popular y cómo había tenido un final brutal”, recuerda Winanda.

El otro era el chileno Jaime Calabacero, que en el conjunto tocaba principalmente la quena. Él, al igual que Mendeville, llegó al conservatorio poco después del Golpe. En su caso, para estudiar composición.

Esa primera formación de Amankay duró hasta 1978.

DEBUT Y REPERTORIO INICIAL

La primera actuación de ese grupo de jóvenes fue en la primera mitad de 1976, bajo el nombre de Los Aucas, como lo pidió un amigo chileno, también exiliado en Holanda. Casi de inmediato, tras el verano europeo de julio y agosto, empezó a madurar la idea de consolidarse como conjunto. “Después de las vacaciones, empezamos a elaborar seriamente un repertorio destinado a las actividades de solidaridad con Chile”, relata Wang.

El nombre que encontramos (Amankay) no tenía ningún carácter simbólico y fue elegido por su sonoridad. Pero estábamos conscientes de que era el nombre de una flor, que, si bien no conocíamos, sí sabíamos que era una flor que crecía en nuestra América del Sur porque aparecía en algunas canciones peruanas”, agrega.

Durante el primer año, el grupo apeló al repertorio clásico de la NCCh para actuar en los actos de solidaridad. Entre otras canciones, interpretaban “La Partida” y “Vientos del Pueblo”, de Víctor Jara, “América Novia Mía”, de Patricio Manns, y “Río Manzanares”, del folclor venezolano.

Su primer gran desafío fue el montaje de “Canto para una Semilla”. Era la elegía creada por Luis Advis, en 1972, sobre las décimas de Violeta Parra y publicada en Chile por la Discoteca del Cantar Popular (Dicap). Con la voz de la actriz holandesa Ineke Holzhaus y el aporte de un cellista y un contrabajista invitados, la obra fue presentada en importantes teatros de Holanda.

Tal como ocurriría en la segunda etapa, durante los dos primeros años el grupo mantuvo una actividad incesante para denunciar lo que ocurría en Chile.

No fue esa la única arista de Amankay en esos tiempos. A poco andar, el talento compositor de Wang fue solicitado en otras vetas del arte.

“Con la primera formación del grupo se grabó mi música para la película “De rijken sterven ook” (Los ricos también mueren), de Jan Cees de Rooy, y algunos acompañamientos para las canciones de la obra de teatro “Esta larga noche”del dramaturgo chileno Jorge Díaz. También hubo alguna participación en músicas que yo escribía para presentaciones de danza de la Escuela de Danza Moderna de Amsterdam que no se grabaron, pero aportaron algunos materiales que utilicé posteriormente”, recuerda Wang.

PIONEROS BILINGÜES

Una huella palpable de ese período, todavía con la primera formación, quedó plasmada en 1977 en el disco colectivo “Hart Voor Chili” (El corazón con Chile)grabado en Holanda.

El disco (ver fotografía) fue posible gracias a una colaboración entre instituciones holandesas y chilenas para apoyar la lucha contra la dictadura. Participaron en su gestación la organización cultural Vrije Muziek (Música Libre), del Partido Comunista chileno, el Partido Radical chileno, el Partido del Trabajo holandés y VARA, una estación radial de la socialdemocracia holandesa.

Fue presentado en la contratapa por el dirigente radical y entonces vicepresidente de la Internacional Socialista, Anselmo Sule. El disco incluye 12 temas, la gran mayoría grabada en el exilio. Junto a Quilapayún, Inti Illimani, Aparcoa, Isabel Parra, Ángel Parra y el cantautor uruguayo Héctor Numa Moraes (exiliado en Holanda y también alumno en La Haya), Amankay interpreta la canción de Isabel Parra “Deme su voz, deme su mano”, con un arreglo e instrumentación respetuosos de la versión original arreglada por Advis.

Como lo explica Wang, el arreglo de Amankay tiene una peculiaridad idiomática que en 1977 era aún inexplorada incluso por los mejores exponentes de la música del exilio: “Lo que también quedaba muy bien para este aporte ‘chileno-holandés’ para el disco, era que podíamos hacer una versión bilingüe holandés-español porque eran dos idiomas que Winanda, nuestra cantante, dominaba bien. Quedamos muy contentos de haber aportado ese toque original binacional al disco”.

Carátula del disco “Hart Voor Chili”, que incluye un tema de Amankay.

Recién en la década del 80, grupos como Quilapayún e Inti Illimani crearon o cantaron temas en idiomas como el francés, italiano y alemán.

El aporte de Amankay en ese disco colectivo fue algo más allá. El mexicano Kolb también acompañó con su oboe a Numa Moraes en el tema “El muchacho propone”, del que además hizo el arreglo.

Esa fase se cerró con el alejamiento de Kolb y Calabacero. Al terminar sus estudios en el conservatorio, el mexicano retornó a su país, donde años más tarde fundaría la célebre Camerata de las Américas. Calabacero también decidió apartarse, pues no era de su interés continuar integrando la banda. Después de Amankay se concentró en su trabajo como músico acompañante en el Departamento de Danza de la Theaterschool de Amsterdam.

Ambas salidas no perturbaron el proyecto. El resto de los músicos tenía decidido continuar con Amankay, acentuando su propia identidad musical a través de la definición de un repertorio que los diferenciara plenamente de las otras muchas agrupaciones que sobre los escenarios denunciaban los crímenes de la dictadura y reclamaban libertad para Chile.

(Continuará…)