Un poeta iluso e ignorante

El debut literario del poeta Sergio Salamanca vía Editorial Aparte tiene una propuesta de tipo vanguardista, casi como un remedo. Debe ser uno de los mejores libros de poesía escritos en los últimos años. ¿Acaso existe una ley tácita que consiste en ignorar la poesía de verdad?

Por SEBASTIÁN GÓMEZ MATUS / Foto: GENTILEZA

Qué duda cabe: los poemas del libro “Pftschute” (Aparte, 2022), de Sergio Salamanca, son buenísimos, excepcionales, escapan a la convención que se ha vuelto escribir poesía en Chile y en otras partes del mundo. Esos libros poco tienen que ver con el arte de la poesía, más bien son productos culturales, mercancía con fecha de caducidad anticipada. No los poemas de Salamanca, audaces, cachañeros, de una habilidad y precisión atlética, lo que Terrance Hayes designa como “calistenia espiritual”.

Pero el misterio, el gran misterio, es cómo escribe tan bien un poeta tan ignorante, tan iluso respecto de la recepción de un libro de poesía. Es el primero, es normal que se sienta alucinado, pero sus expectativas denotan una ignorancia del campo, de los misteriosos caminos que surca una obra en el tiempo. De todas formas, no es algo para preocuparse, su libro y seguramente el que viene (del que pude leer unos fragmentos) resistirán el paso del tiempo y, desde luego, superan el panorama ante nosotros.

La gran mayoría de la gente que “escribe poesía” no ama la poesía, es decir, no ama la vida. Son fieles representantes de la lógica progresista, banderilla en mano. El arte es otra cosa, echa un gallito con el tiempo, más allá de todo anacronismo.

Podríamos decir que lo que “Pftschute” ha unido, ninguna política cultural podrá desmantelar.

Si pensamos con Notley, la poesía es pura desobediencia, y aun no conociéndola (¿por qué la iba a conocer?), los poemas de Sergio Salamanca encarnan este precepto que más que un programa es una actitud, una forma de estar en el mundo.

Ya que “nos han quitado esta pose inscrita en el mundo”, debemos encontrar una positio, un locus, donde al menos dejar nuestro fantasma. Estos poemas ponen de relieve los decursos de una vida, su estilo es una sintaxis que traza un camino de ida y vuelta entre lo vernáculo y la brigidez tipo Vallejo, escritos con “la velocidad de cualquier fantasía”. Por qué no decirlo: la vieja vanguardia se hace presente; estos poemas muestran algo nuevo, algo viejo: la poesía.

Quien no ama estos poemas no ama la literatura, aunque es justo decir que este caso aún no es tan extremo como el de Emeterio Cerro, pero para allá vamos. Hay una pléyade dispersa de poetas que están renovando la poesía, sin el afán de renovación (palabra castigada), lejos del subsidio y la contingencia; poetas que entre sí no se conocen, incluso, poetas de distintas edades y género. Poetas, al fin y al cabo, sin los taxones culturales que les impiden ser leídos más allá del adjetivo con el que se les moteja (joven, mujer, mapuche, gay). En otras palabras, poetas sin banderillas, sin un hashtag en el pecho.

Construcciones como “voy llegando ya llegamos estoy acá”, hacen pensar en una poesía constructivista, al menos en lo que hay detrás de la construcción, cuyo eco etimológico con el texto sostiene lo que digo. También con las tectónicas, o los “textiles” de los que habla mi querido amigo y poeta Cristian Foerster.

Si la poesía se trata de “comer la manzana como un durazno”, con un ágil “flojeo dentro de mi ropa”, el lector siente la seducción de una palabra viva, vivaz y que vivaquea. Una poesía que es pura intemperie: calle y metrónomo del paso. Qué importante es el callejeo y la caminata en estos poemas; de hecho, recomiendo mucho leer el libro caminando. El siguiente pasaje resulta proverbial:

“Estando ocupada la silla

esperamos de pie

siempre esperamos de pie

y rodeados llenos de horizonte

la espera ya parece redada”.

¿De qué silla habla? Parece un locus, un espacio que reclamar pero por el cual se espera, siempre de pie (de allí el trazo peripatético de los poemas). Es esta posición, no la actitud adocenada y wannabe de estar en el sitial, la que permite una poesía vivaz, no sólo rodeada, sino que llena de horizonte, hasta que esa actitud se torna enemiga del contexto (quizá a esto se debe el silencio crítico respecto del libro).

La actitud contraria a esta poesía es una “poesía” filocultural, hija de programas, cuyo silencio crítico deviene estrategia política, posicionamiento, un antilocus.

Pero nuestro ignorante poeta iluso bosteza sobre lo que no existe, contagiándolo de su sueño, donde toda agilidad escapa de este mundo tan condenadamente convencional. Al respecto, el libro tiene un mecanismo interior: hay poemas reescritos o versionados, algunos de Rimbaud, como H, y las “traducciones” que forman el último apartado del libro. Qué importante es el juego, mentir dentro de los textos y de sus procedimientos.

Hace unos días el poeta mencionó algo que para su ignorancia pasó colado: “Puedo copiar el estilo de todos los poetas”. La idea sería poder plagiar siempre a la Poesía. Nuestro autor se acerca y toca varias notas de este palimpsesto eterno que llamamos Poesía, Primavera, “Pftschute”. Sus anzuelos con la vanguardia son varios y a ratos literales, comenzando por el título. Esta posición revela la clave unificada que Aira señala respecto de los procedimientos de Roussel, a quien nuestro autor tampoco ha leído (¿por qué lo iba a leer?).

Salamanca lo dice de otro modo: “Lo que oculto se queda abanicando”.

Sería inútil comenzar a enumerar ejemplos o citar pasajes del libro para dar cuenta de su calidad, de su ignorada calidad. Quizá esto sea sano: que un libro tan bueno pase inadvertido es acorde al contexto en el que vivimos. La poesía no se desespera, aún podemos leer a Arquíloco, por ejemplo, o a Catulo, sin que por eso se nos tilde de extemporáneos o despolitizados.

Los poemas de Sergio Salamanca podrán ser leídos en cualquier contexto político y seguirán siendo buenos, a) porque son buenos, b) porque no están escritos para un contexto y c) porque su bandera no es ninguna bandera, sino aire inventado.

De alguna forma, y parafraseo a Mário de Andrade, los poemas son una máquina de eternidad, cuyo garante primario es la calidad de sus engranajes, la sintaxis, esa finta endemoniada que tienen estos poemas “con las sienes pegadas al pensamiento”, propicia la metamorfosis de nuestro propio pensamiento, volviéndonos ágiles y gozosos lectores.