Una jornada mágica con su majestad, Roger Federer

Cuando pensamos en grande y tenemos metas desafiantes, existe una motivación muy fuerte para vivir cada día con pasión, entusiasmo y energía. Soñar cuesta la vida, cuesta el alma, cuesta el ser… Los sueños siempre deberían quedarse en el remoto espacio de la nada.

Para mí, como fanático del tenis, he reconocido con hidalguía que el mayor referente y el mejor jugador de la historia es Roger Federer. Por lo cuantitativo y lo que envuelve como deportista integral. Caracterizado por su talento, gracia y estilo, el suizo, representa la perfección máxima y en todo su esplendor. Talento y técnica inigualable en este deporte. Si pudiera definirse en una palabra, esa sería elegancia, la cual, unida a su contundencia, forma de relacionarse, vestirse y comportarse dentro y fuera de la cancha, avalan estos conceptos.

Recuerdo la primera vez que lo vi jugar: ATP de Rotterdam (1999), ante Yevgeny Kafelnikov (1-6 / 7-5 / 4-6), no me sentí maravillado. Sólo era un jugador más, con destellos propios de un chico desenfadado, que se estaba abriendo paso en el circuito. De hecho, recuerdo alguna vez, conversando con Paul Dorochenko (ex fisioterapeuta y osteópata de RF), que me comentó, “Cuando con él tenía entre 17 y 20 años, era un chico hiperactivo. No paraba ni un minuto de hacer el tonto, un desastre de organización, pero lo más preocupante era su actitud en los partidos. Rompía raquetas, tiraba los partidos, no se comportaba bien en la pista y los castigos no cambiaron nada. Pero era muy querible y muy buena persona”.

La metamorfosis lo llevó a trabajar con un psicólogo deportivo y el departamento marketing de Nike también controló su peso. Querían tener en Federer un gentleman, y lo fue. Ese cambio costó. Su esposa también tuvo un papel importante en su maduración. Desde ese momento, la vida del suizo cambió.

Su carrera ha sido transversal, sobreviviendo a una diversidad de generaciones de tenistas, estando en el Top 3 del ranking mundial durante la mayor parte de su exitosa carrera. Lo anteriormente señalado se ampara en el hecho de mantener una incuestionable vigencia: se convirtió en el “top one” de más edad en los 45 años del Ranking ATP el 19 de febrero, con 36 años.

Desde sus inicios como jugador profesional, en 1998, ha obtenido importantes récords, incluido el haber ocupado el puesto número 1 del mundo durante 310 semanas en total. De ellas, 237 de manera consecutiva (desde el 2 de febrero de 2004 hasta el 17 de agosto de 2008); es el tenista que más Grand Slams ha ganado en la historia, con 20 títulos (30 finales y 339 victorias en total). Su primera vez levantando un “major” fue en Wimbledon 2003, cuando venció en la final al australiano Mark Philippoussis por 7-6 (5), 6-2, 7-6 (3).

Además, tiene 27 títulos y 364 victorias en eventos ATP Masters 1000, incluyendo el doblete de Indian Wells/Miami en 2005-06 – 2017, y se acerca impetuosamente a otro record: ganador de 102 títulos, el segundo lugar en la “Era Open”, sólo por detrás de Connors (109).

Junto con ello, ha ganado 33 premios de la renombrada Asociación de Tenista Profesionales (ATP) World Tour, incluido el puesto número 1 en reiteradas ocasiones; el premio Arthur Ashe “Humanitario del año” en 2006 y 2013; ha ganado el premio Stefan Edberg de Deportividad 12 veces entre el 2004-2009 y el 2011-2016. También ha sido elegido en 14 oportunidades consecutivas como el favorito de los fans en ATP WorldTour.com entre 2003 y 2016. En definitiva, un deportista integral en cuanto a resultados y lo que representa dentro y fuera de la cancha.

Con ese palmarés se anunció su venida a Chile.

Lo primero que pensé fue comprar una entrada, seguidamente ver la opción de acreditarme y definitivamente tomé el camino más cómodo, que era utilizar el dinero en unas cervezas, algo para comer y ver la inédita visita de Federer por televisión. Austeridad máxima, aterrizado como siempre, nada de otro mundo.

Después de la final de Wimbledon, vi que un medio de comunicación confirmaba la visita del suizo que perdía la final contra Novak Djokovic. Estaba cesante, con 15 mil pesos en la billetera y con una depresión que no me permitía estar en pie más de mediodía. Sentía que el mundo se venía encima. Tenía deudas, desazón e incertidumbre.

Ese mismo domingo, sentado en un parque, volví a soñar, pensaba en la experiencia onírica y fascinante de estar cerca de Federer, pero nuestra mente tiene esa facilidad para auto limitarnos en nuestro potencial y hacernos creer que lo que queremos es “imposible”, “no lo merecemos” o bien implicará “demasiado esfuerzo, tiempo y sacrificio”.

Escepticismo.

Sin darme cuenta, días después, tuve la suerte de iniciar una nueva experiencia laboral en el Comité Olímpico y simultáneamente recibí un llamado, en el cual la productora a cargo del evento me pidió trabajar como encargado de comunicaciones en la exhibición de Roger Federer y Alexander Zverev. No lo pensé dos veces, era una oportunidad única e irrepetible. Sentí que una fuerza invisible me guio hacia ese destino.

El primer anuncio fue ¡LA ESPERA HA TERMINADO! BIENVENIDO “SU MAJESTAD”: ROGER FEDERER. Era el partido de tenis más espectacular jugado en nuestras tierras y las 12.800 entradas se vendieron en un día y medio. No era un juego. En cuestión de minutos aparecieron diversos medios de comunicación y tuve que ratificar el evento.

El 18 de octubre vino lo inesperado: “Chile despertó”. Manifestaciones, revueltas, protestas, crisis desde distintas ópticas, pero principalmente incertidumbre, llevaron a cambiar todo el plan comunicacional y del evento. No fue fácil el manejo, más aun teniendo encima medios que llevaron el evento a otro foco y un trío de imbéciles que, por su envidia y afán de protagonismo, trataron de realizar una funa y echar por tierra el sueño de muchas personas que también soñaban con este partido irrepetible. Afortunadamente, sus resentimientos una vez más los llevó al fracaso, que es el común denominador que los distingue.

De hecho, en ese momento la motivación fue mayor. Para lograr nuestros sueños hay que pelear muy duro y por mucho tiempo. Una meta grande implica esfuerzo, sacrificio, amor, dedicación y pasión. Significa luchar todos los días.

La vida pasa a ser disfrutada, vivida, experimentada. Pasa a ser algo alegre a pesar de los vaivenes y los problemas de cada día, pues todo se enmarca en la perspectiva de nuestros sueños. Me sentí fortalecido y vino el segundo aire.

Simultáneamente, con el comité organizador del evento recibimos al manager de Federer, Chris Jackman. Fue en ese momento que me di cuenta de que estábamos en la cuenta regresiva. Era el momento: A soñar, a vivir…

La noche previa no podía dormir, y entre la ansiedad, los llamados telefónicos (no pude responderlos), whatsapp y apariciones fugaces o de otras personas que pedían entradas o una selfie con los tenistas, hicieron más acotada la vigilia.

El martes 19 de noviembre, más allá del inicio de las actividades, llegó el instante esperado: ir al privado y conocer a “Su Majestad”. Nunca estuve nervioso, de hecho, al entrar y estrechar su mano, fue un alivio, Federer estaba en Chile y pude pensar en grande. Interacción, un par de bromas y sueño cumplido. Un caballero, muy cordial, acogedor, lo cual reafirmó todas mis hipótesis.

Posteriormente, apoyé la entrevista a La Tercera con Carlos González, un gran partner, mejor periodista y persona. Fue un día con amigos y tremendos profesionales, con los cuales pude compartir: Toño Carreño, Sergito Rodríguez, Gabo, Chris Fernández, Rorro Quintana, Juan Pablo Cuadra, Esteban Elías, Cami, César Almendras, Milko Ulloa, a todos ellos les agradezco por su disposición y apoyo.

Fueron horas vertiginosas, me subí a un carrusel entre la conferencia de prensa, el Roger Day, RF Experience, Lunch, VIP RF y obviamente la exhibición con una entrada única (full show escalofriante) con el chascarro del cierre (tuve que salir a animar a última hora la ceremonia de premiación) y ya de madrugada el RF Corporate (Pro-Am).

En el cierre, ya con el estadio sin público, silente y en paz con la satisfacción de haber realizado un trabajo 100% profesional, me sentí tranquilo, cerré los ojos y recordé lo que era mi vida hace unos meses atrás. Todo se acomodó, me di cuenta qué es lo que realmente vale y qué no. Aprendí a dar menor importancia a lo que los demás piensen de mí.

Me percaté de lo lejos que he llegado, recordé la época que todo parecía un desastre, como un proceso que tuve que pasar para ser la persona que soy ahora. Lloré. Después sonreí y me sentí orgulloso.