¿Y si Castillo es colombiano? ¿Dónde nos metemos? (manual de crisis para evitar un papelón mundialista)

Ahora la ANFP se tomó en serio esto de clasificar a Qatar por secretaría. Por la dignidad que le va quedando al fútbol chileno, ¡vade retro, Milad!…

Por ELE EME

De la noche a la mañana el cuestionamiento a la nacionalidad de Byron Castillo pasó de ser parte del folclore latinoamericano futbolístico, de esas desopilantes anécdotas que recogerían entusiastas cronistas como Guarello o Esteban Abarzúa en sus libros a un asunto que hay que tomar en serio según nuestra dirigencia. El reclamo ahora es formal, nada menos que ante la señora FIFA, esa donde tantas veces nos han mandado a llorar.

Pero ojo, gente: de prosperar el pataleo de Milad y de comprobarse que este muchacho finalmente no es ecuatoriano, sino colombiano, no solamente nos meteríamos en un Mundial de fútbol sino que además en un zapato chino, lleno de dilemas. A saber:

Uno: ¿De veras conviene ir al Mundial aunque ello significara hacerlo por la ventana, lo que no honraría lo que pasó en cancha, donde jamás estuvimos cerca de un nivel decente ni de hacer merecimientos para estar en la cita planetaria del balompié? ¿Ese ejemplo le queremos dar a los futuros futbolistas? ¿Vamos a privilegiar el resquicio legal, el vil y burdo muñequeo administrativo, a lo que fue decretado “a la hora de la verdad”, en el rectángulo de pasto? ¿O en alguna parte de nuestro inconsciente colectivo nos quedó gustando la vergüenza de Paysandú (pasaportes adulterados en Sudamericano sub 20 de 1979)? La pelota, señor, no se mancha, como sentenciara Diego.

Dos: se desprende de lo anterior, que haríamos un soberano ridículo bajo el abrasador cielo qatarí. Nos tocaría el grupo de los dueños de casa, Holanda y Senegal. Los de la tierra de los tulipanes ya nos pasearon en tierras paulistas, el 2014; Qatar tiene que sortear la primera fase como $$$ea y me late que a Senegal la miramos a huevo, pero se transformaría en una nueva versión de nuestra pesadilla en España 82’, Argelia. Ahora, si llegáramos a avanzar, se lo firmo: se nos vendría Brasil, baldazo de agua fría histórico cada vez que superamos la primera ronda. La humillación sería doble: por estar allí tras recurrir a una triquiñuela reglamentaria y por dar la hora ante millones de televidentes a la hora de los quiubos.

Tres: ¿Nadie ha pensado que de tener éxito la movida chilena esto podría sentar un precedente y volverse contra nosotros? Claro, porque perfectamente podríamos perder las dos Copas América ganadas. ¿O acaso los argentinos no saltarían para alegar que Jorge Valdivia nació en Venezuela y que Matías Fernández lo hizo en Buenos Aires? Voy más atrás: ¿estaba acaso viciada nuestra clasificación a Francia ‘98 porque Moisés Villarroel nació en Viña, pero adquirió luego la nacionalidad de la República Independiente de Playa Ancha, que, convengamos, es muy distinto a ser ciudadano del resto de nuestro país?

Cuatro: muchos de la generación dorada ya están pensando en jubilar (o en volver a jugar a Chile, que es prácticamente lo mismo [no me olvido que Sierra jugó caminando en Unión los últimos años de su carrera, lo que no evitó que brillara con sus pelotazos matemáticos]). Ya han dado luces de aquello Isla, Medel y hasta Bravo (si es que arreglan las duchas del Monumental…). 

¿Será que necesitamos nuevos objetos de bullying futbolero que se disputen el trono con el fallido penal de Caszely ante Austria, el remate que elevó el “Pato” Mardones en Quito el ’85 en la boca del arco o el palo de Pinilla contra Brasil? ¿Buscamos refrescar esa galería del terror deportivo con algún autogolazo de Maripán, un gol que se pierda solo frente a portería Alexis o una autoexpulsión clave de Vidal (casi lo puedo ver entrándole a la altura de la medallita a Depay o borrándole la cara de un codazo a De Jong en un salto).

Dejémoslo así, muchachos. Veámoslo por la tele, “más mejor”. Iríamos exclusivamente a dar lástima. Se los dice un experto en corazonadas.