Yo estoy con el Johnny

El inefable y siempre polémico ex arquero azul ha sido, junto con el pito Fernando Véjar, el único que no vio penal en ese codazo de Suárez a Costa, en el Colo Colo-Palestino. Nada que criticarle: Herrera nunca ha sido periodista y, por lo tanto, no le pidamos compromiso con la objetividad y la verdad.

Por EDUARDO BRUNA

Ha sido el único entre periodistas, comentaristas sabios del canal del fútbol y simples hinchas que tienen la audacia de opinar de algo tan especializado e indescifrable, como es el fútbol, en señalar que el vistoso y grosero codazo de Suárez frente a Costa, en el Colo Colo-Palestino del último fin de semana, no fue penal. Que era, por último, una jugada absolutamente “discutible”.

Eso es lo que llamo “consecuencia”, que tan en falta echamos en un país donde mayoritariamente no se dice lo que se piensa, siendo nuestros despreciables políticos la muestra más palpable del aserto. Pero no son sólo los políticos los que se echan la consecuencia al bolsillo a cambio de mantenerse en posiciones de poder y seguir disfrutando de sus muchos y hasta obscenos privilegios que, para el populacho de a pie, como uno, son indignantes e intolerables.

En este país de juguete en que transformaron Chile los milicos, perfeccionado luego por los concertacionistas coludidos con quienes habían sido cómplices y alcahuetes de la Dictadura, el que no corre, vuela.

Y es así como, durante más de treinta años, nos han abusado, exprimidos y hasta choreado desde los caballeros de gorra hasta empresarios frescolines, pasando por los coludidos que todos conocemos y aquellos que nos venden los servicios vitales, como luz, agua, gas e internet, con los precios que a ellos se les plantan.

Por todo eso, y más, estoy con el Johnny. Sí, el mismo Johnny Herrera que, buen arquero, de eso no caben dudas, descubrió pronto que, en un país de acomplejados y timoratos, transformarse en un elemento deslenguado y polémico, iba a elevarlo a alturas incluso por sobre las capacidades naturales que Tatita Dios generosamente le dio.

Mientras la “contra” detestaba al Johnny, por ayudar a “incendiar” cada Superclásico sin medirse siquiera con lo insultante, como referirse al Monumental como “el vertedero”, sucesivas directivas azules estaban hasta la coronilla con sus frecuentes críticas y mediáticos desplantes. Tanto, que lo único que querían era “operarse” de él, y si no se atrevían era sólo porque, elevado a la categoría de “ídolo” por los parciales azules, el sobre azul para el arquero podía significar un conflicto de dimensiones bíblicas.

No pasó nada de eso, sin embargo. Como no había pasado, tampoco, cuando debió emigrar primero a Everton y luego a Audax Italiano tras un opaco paso por el Corinthians brasileño, donde apenas jugó nueve partidos en toda la temporada.  La admiración e idolatría por el meta sólo se veía reflejada cuando jugaba en contra, defendiendo a itálicos y “ruleteros”. Y, como es lógico, “Los de Abajo” llegaron hasta el paroxismo avivando al Johnny cuando el 2011 retornó cual hijo pródigo a su club de siempre.

Pero nunca nadie se atrevió a ir a quemar el CDA o a darle una buena pateadura a alguno de esos dirigentes que, se sabía, estaban hasta la coronilla con el Johnny. Lo que, al final de cuentas, habla bien de la hinchada azul. Porque una cosa es admirar al ídolo y otra muy distinta comer vidrio o transformarse en un energúmeno como prueba de incondicional cariño.

Frisando ya los 40, y tras haber defendido una vez más el arco viñamarino en esa accidentada temporada 2020, el Johnny no tuvo más alternativa que colgar los guantes. O no tuvo ofertas o, si las tuvo, él consideró que no estaban a su altura. Como suele ocurrir sin embargo en este país, que ex futbolistas adquieren de manera natural e instantánea la chapa de sabios y expertos en fútbol, Herrera tardó menos de lo que tarda un suspiro (o un estornudo, para ser menos melifluos), en encontrar trabajo en TNT Sports, antes conocido como el Canal del Fútbol.

Y, llegado allí, no podíamos esperar de él juicios equilibrados u objetivos. Mucho menos imparcialidad. Todo aquel que lo escuche sabe que quien está hablando es un hincha acérrimo de la U, y no un comunicador o un periodista que, más allá de sus gustos futboleros, se siente obligado a postergarlos para intentar ser veraz y justo.

Johnny Herrera no es periodista. No tiene idea, y creo que tampoco le interesa, de cuánto significan conceptos como “objetividad”, “imparcialidad” y “veracidad” para un profesional de las comunicaciones. Ninguno de ellos, lo tenemos claro, son conceptos absolutos o ciento por cierto puros cuando entran a tallar gustos o distintas formas de ver la vida, sólo que, si no se buscan, si no se intentan y si no se cultivan, la credibilidad, quizás el más importante de todos esos valores, se hace sencillamente inalcanzable.

No sólo eso: se hace imposible.

El Johnny es uno más de estos comunicadores “Marmicoc” que, desde hace décadas, vienen reclutando los canales abiertos y del cable para nutrirse de voces “expertas” y, sobre todo, autorizadas. Tipos que cambiaron rápidamente los chuteadores por el micrófono para comentar, pontificar e inventar leseras con las cuales engrupir a quienes son sus jefes y a quienes los escuchan. Algo bello y simple, como es el fútbol, lo han convertido poco menos que en una ciencia arcana donde, si no entiendes de “triangulaciones”, “transiciones”, “volantes mixtos” y un sinfín de otras pelotudeces, estás frito.

Tipos que, además, en muchos casos hablan con una superficialidad y una ignorancia que espanta. Varios de ellos, hasta el día de hoy, se refieren a las fraudulentas quiebras que en su momento les decretaron a Colo Colo primero, y a la U después, como lo más normal y legítimas del mundo, en circunstancias que a estas alturas debieran saber que ambas fueron tan fraudulentas como abusivas y falsas, sólo que había que llevarlas a cabo para que los poderes fácticos de este país, y los sinvergüenzas que cada día son desgraciadamente más abundantes, crearan el nefasto y corrupto sistema de Sociedades Anónimas Deportivas que hoy nos rige, y que, como las AFP y las Isapres, ha resultado una colosal estafa, un inmenso fiasco.

Como en todo orden de cosas, dentro de estos ex futbolistas devenidos en especialistas, hay excepciones. Tipos que, más allá de sus gustos y sus limitaciones, son al menos objetivos y justos en sus juicio por lo menos en la medida de lo posible, como argumentaba Aylwin para no hacer nada cuando le tiritaba la pera con sólo ver una gorra.

Claramente, mi amigo Johnny no está dentro de esa categoría. Él, que encontró de lo más apropiada y justa la expulsión de Suazo frente a la U, tras meterle un codazo en mitad de cancha a Espinoza, piensa que lo de Suárez frente a Costa no fue nada, en circunstancias que el 99,9% de los que han visto esa incidencia concluyen no sólo en que fue penal, sino un penalazo que hasta ameritaba la tarjeta roja.

Creo que, según la última encuesta chanta de Cadem, que paga el gobierno chanta de Piñera para por lo menos no tener números tan horrorosos, el 0,1% lo logró la opinión del pito Fernando Véjar. Ahora sería un 0,2, tras la acertada intervención del Johnny.

Pero ahí va a seguir el Johnny, tan campante, ignorando ver hasta lo que los ciegos vieron. ¿Culpa de él? Por supuesto que no. Culpa más bien de TNT Sports, que, por tener en su panel un personaje polémico, que ayude a subir el rating, reclutó a un delirante hincha azul para que defienda hasta lo indefendible y emita los más intrincados y rebuscados argumentos intentando salirse con la suya.

En tiempos en que la televisión comienza lenta pero sostenidamente a batirse en retirada ante la irrupción de distintas plataformas que  brotan como callampas, hay que echar mano a lo que se pueda para mantener el interés de la muchachada.

Por eso, entiendo a TNT Sports. Por eso, también, entiendo y estoy con el Johnny. En un país donde los poderosos y los políticos han vivido pasándonos gatos por liebres, ¿qué tanto que también nos vean las canillas los peloteros?

Después de todo, con la casta política despreciable que tenemos, con las cosas insólitas e increíbles que día a día pasan, en todos los ámbitos, ya debiéramos tener más que claro que, en este país de chacoteros y vivarachos, los pocos que aspiran a algo de seriedad se están transformando aceleradamente en una especie en extinción.