Yo lo Viví: cuando la Unión Española perdió la Copa Libertadores en Asunción

Me avisaron a última hora : a mediodía del lunes 16 de junio de 1975, el director de la revista Estadio me llamó a su oficina para comunicarme que tenía que viajar a Asunción para cubrir el partido definitorio de Unión Española con Independiente por la final de la Copa Libertadores de América.

Tal como sucede en los equipos de fútbol, en los que el jugador que entra no pregunta por qué lo ponen, hice el gesto de asentimiento, fui a la oficina de personal para que me pasaran unos pocos dólares y, mientras alguien reservaba los pasajes, partí a mi casa a preparar el maletín con una muda. El viaje era muy corto: había que partir el lunes por la tarde, y regresar el jueves en la mañana. El partido estaba fijado para las 21:00 del miércoles.

BRILLO EN LAS ALTURAS

Unión Española había llegado meritoriamente a esa instancia. La fase inicial de grupos la había enfrentado a Huachipato (campeón de 1974) y los representantes de Bolivia. Los tres primeros partidos los jugó como visitante: 0-0 en Las Higueras, 1-1 en Cochabamba contra Jorge Wilstermann y 1-1 con The Strongest en La Paz. Los encuentros de vuelta fueron todas palizas a su favor: 7-2 a los acereros (con goles convertidos por siete jugadores), 4-1 al Wilstermann y 4-0 a los aurinegros.

Clasificada invicta y con el ataque más efectivo de la ronda inicial (15 anotaciones en seis partidos), la Unión debió medirse con los representantes de Ecuador y Perú. Un punto logrado en Lima (1-1 con Universitario) le dio la clasificación a la final. Había perdido con LDU en Quito (2-4) y les había ganado a los dos en Santiago (2-1 a los limeños y 2-0 a los quiteños).

Independiente, el otro finalista, había tenido un camino más áspero, aunque su calidad de campeón vigente le había evitado participar en la fase de grupos inicial. Ingresó directamente a la ronda semifinal y allí se encontró con Rosario Central y Cruzeiro. Clasificó por diferencia de goles después de perder los dos primeros partidos.

La primera final se disputó en el Estadio Nacional el 18 de junio y fue un partido típico del Independiente de esos años, con jugadores fortachones, mañosos y simuladores, aunque con incrustaciones de calidad con el aporte de Ricardo Bochini, Daniel Bertoni y el peruano Percy Rojas.

Ganó la Unión cuando el empate parecía decretado, con un golazo de Sergio Ahumada en su arco preferido y a tres minutos del final.

Con esa ventaja llegó la Unión a buscar la Copa en Avellaneda. No sabía en lo que se estaba metiendo: el bus no llegó a buscarlos al hotel, y jugadores y técnicos tomaron distintos taxis para llegar al estadio. Salieron a la cancha sin hacer ejercicios de calentamiento, y ahí los esperaba lo peor.

El primer tiempo terminó igualado a uno. Le hicieron el primer gol antes del minuto de juego, pero mandó pronto las acciones e igualó el marcador con un penal servido por Francisco Las Heras.

Cuando el árbitro uruguayo Ramón Barreto se dirigía al vestuario en el descanso, un proyectil lanzado desde la tribuna le dio en la frente. Fue atendido en la posta del estadio y anunció que el partido se suspendía. Mejor no lo hubiera hecho: la mafia de Independiente visitó el camarín de los árbitros, y el anuncio no se concretó. Peor todavía: Barreto les regaló un penal a los de Avellaneda para desequilibrar el marcador. Después, la cuenta se amplió a 3-1.

En todo caso, Unión Española hizo poco para ganar ese partido. Se esforzó y atacó solamente cuando estuvo en desventaja. Después se dijo que Luis Santibáñez quiso jugar a la ventaja del gol como visitante y, en el peor de los casos, a la definición en Paraguay.

Y hacia allá me mandaron a última hora.

DRAMA EN EZEIZA

En el aeropuerto de Pudahuel me enteré de una dificultad seria: no había vuelo directo a la capital paraguaya. Había que llegar a Buenos Aires y hacer la combinación. “Mejor”, pensé: “así me voy con los jugadores de la Unión y saco alguna nota de viaje”. En Ezeiza me enteré de un problema mayor: una huelga de pilotos impedía los vuelos y sólo un par de líneas estaban funcionando.

Llegué al principal aeropuerto argentino cuando ya estaba oscuro, y el panorama era caótico. Había que caminar esquivando bultos y con mucho cuidado para no pisar a los que dormían en el suelo. Y allí estaban los jugadores de Unión Española , cariacontecidos, esperando qué hacer porque su avión no iba a salir, aunque había posibilidades de viajar en otra línea.

Al mesón de esa empresa me dirigí de inmediato, y de a poco me fui colando para acercarme a la funcionaria. Yo había comprado un chocolate para reemplazar la cena, y apenas la enfrenté le convidé un trocito. Se le iluminó la cara y desapareció la palidez del agotamiento.

-Coma primero, después le cuento – le dije. Y sonrió.

Le expliqué mi “drama”: –

Si no viajo esta noche a Asunción, me despiden…

Me miró con lástima: todos los que habían llegado al mesón tenían su propio cuento. Y no tenía solución para ninguno.

-Veré qué puedo hacer –musitó con un tonito que me pareció celestial–. El vuelo está lleno, pero es posible que alguien no viaje, y en ese caso lo hago abordar. Pero hay cuatro pasajeros más antes de usted. Está difícil…

Tomó mi pasaje y lo dejó en el último lugar de la torre que había formado con los que le habían entregado anteriormente.

Me fui a conversar con los jugadores chilenos, y no alcancé a llegar: por los parlantes anunciaban que el vuelo de LAP estaba por despegar y solicitaban que los pasajeros en lista de espera se acercaran al mesón. Cuando llegué, la encargada tenía mi pasaje en la mano. ¡Había dado vuelta la torre, y el mío era el primero ahora!

Le hice un gesto con la mano, y ella guiñó el ojo.

Nunca supe cómo se llamaba ni por qué lo hizo. Lo atribuí a lo buena persona que es mi ángel de la guarda.

Cuando desembarqué en Asunción, me esperaba un enjambre de reporteros. Alguien dio el dato de que en ese avión venía un periodista chileno y los medios paraguayos querían saber si el plantel de Unión Española llegaría esa noche.

Yo no tenía idea, pero enfrenté los micrófonos como si supiera: “La Unión se presentará el miércoles a jugar”, les declaré con la mayor seguridad posible.

NADA EN ASUNCIÓN

Llegó Unión Española a media mañana al día siguiente. Fui a esperarlos al aeropuerto, y ahí se confirmó lo que se temía: Hugo Berly, uno de los centrales, estaba descartado por lesión. Y el otro, Mario Soto, había sido expulsado injustificadamente en Avellaneda y estaba suspendido.

Ahí se les escapó la Copa a los rojos de Santa Laura. Luis Santibáñez se vio obligado a formar una pareja de centrales con Mario Maldonado, que había jugado muy poco ese año, y Manuel Gaete, que era volante más que defensor.

Obligado a ganar, el conjunto chileno tuvo, primero, que cuidar su feudo. No podía dejar descubiertos a sus improvisados zagueros. Afianzado en que con el empate le bastaba, Independiente jugó con tranquilidad, sin forzar el ritmo y sin arriesgar en lo más mínimo. Y ganó bien, sin objeciones, con goles de Ruiz Moreno al promediar la primera etapa y de Bertoni, mediante tiro libre, a poco de comenzar el segundo tiempo.

La diferencia en ese partido hizo concluir que la Copa había quedado en las mejores manos, porque ya no valía la pena llorar por lo anterior.