Yo lo Viví: el día de la gran colusión en los mundiales

En días consecutivos, vi llorar en ciudades vecinas a dirigentes chilenos y a toda la delegación argelina.

El 24 de junio de 1982, en Oviedo, la Selección Chilena de fútbol culminó su desastrosa actuación en el Mundial de España cayendo por tres a dos frente al representativo de Argelia.

El primer tiempo fue una exhibición de los africanos, favorecida por el desastre de un adversario, lento, torpe e ineficiente. El tres a cero con que finalizó la etapa fue benigno para la selección de Santibáñez, que solamente se acercó al arco argelino a través de un par de remates de distancia de Eduardo Bonvallet y Miguel Ángel Neira.

Inmediatamente después del tercer gol, Santibáñez movió piezas. Reforzó la defensa con Mario Soto (salió Bonvallet) y le dio vida al ataque con Juan Carlos Letelier (reemplazó a Carlos Caszely). Mejoró mucho el quipo después del descanso. Dos descuentos (un penal de Neira y una joyita de Letelier) alentaron las esperanzas. Pero siempre estuvo más cerca el cuarto de los argelinos que la igualdad.

Terminado el partido,  me fui al estacionamiento en busca del bus de los seleccionados porque habían anunciado que se ducharían en el hotel. Algo había cambiado en la planificación: el único que estaba ahí era Letelier, el más lolo de esa selección. No tenía ganas de hablar. Ni siquiera le conformaba el gol que había anotado y que –aún no lo sabía– iba a ser considerado como uno de los mejores de ese Mundial.

Camino al camarín, al pasar junto a una casa rodante, sentí un sollozo, Curioso, me asomé por el otro lado… Ahí estaba René Reyes, solitario, dando rienda suelta a su pena. El gran dirigente, forjador delHuachipatocampeón y gestor del Inaf, lloraba sin consuelo. Lo abracé, pero no supe qué decirle.

Al día siguiente, en Gijón, jugaron Austria (dos victorias) y Alemania (un triunfo y una derrota). Si ganaban los austríacos o empataban, clasificaban primeros en el grupo y dejaban el segundo lugar para Argelia. Si perdían por dos goles o más, los clasificados eran Alemania y Argelia.

Y urdieron el plan para clasificar los dos. Eso se lograba solamente con un  triunfo alemán por un gol de diferencia.

A los 10 minutos de juego, Horst Hrubesh, un rústico centrodelantero alemán, abrió la cuenta…. ¡Y sería todo!… Desde ese momento, alemanes y austriacos dejaron pasar 80 minutos son intentar hacerse daño. Paseaban la pelota entre su defensa y el mediocampo y, cuando un equipo la perdía, el otro repetía el procedimiento. No recuerdo haber observado algún remate al arco. Sí eran notorios los diálogos amistosos de Bruno Pezzei, un jugadorazo, con Hrubesh. Y los gestos amistosos de Harald Schumacher, que era un arquero despiadado, con el fiero y ese día manso goleador Hans Krankl.

El público se fue impacientando y, al promediar el segundo tiempo, el coro era atronador: “¡Quese besen… que se besen!”. Y cuando ya finalizaba la farsa más grande que se ha visto en los mundiales, en El Molinón retumbaba el “¡Argelia, Argelia!”, voceado por los españoles.

Se fueron de la cancha los sinvergüenzas a festejar su trampa, y en la tribuna quedó un grupito de argelinos. Ondeaban sus banderas verdes y por sus mejillas bajaban las lágrimas. No hablaban. Sólo miraban al cielo, como pidiéndole explicaciones a Alá.

En los pasillos del estadio, los dirigentes de Argelia también lloraban su impotencia. Preguntaban si podían interponer un recurso para anular ese partido, y los oficiales de la Fifa los miraban con lástima.

Como resultado de todo esto, hubo reformas: desde el siguiente Mundial, la última jornada de la fase de grupos de cualquier torneo FIFA debe disputarse en horario simultáneo.

Jugar al día siguiente de Argelia-Chile, con los resultados y las posibilidades conocidos, sólo sirvió para facilitar la más escandalosa colusión mundialista que se conozca.