Yo lo viví: El día que me convertí en “bravista”


En las viejas discusiones acerca del mejor arquero en la historia del fútbol chileno, mi primer lugar estaba siempre ocupado por Sergio Livingstone. El 26 de junio de 2016 me convencí de que el reinado de “El Sapo” se había acabado y que el nuevo monarca se llamaba Claudio Bravo.

Por Julio Salviat / Foto: ARCHIVO

Este jueves, Claudio Bravo cumplió 40 años de edad, la mitad de los que tengo. Y esa celebración trajo remembranzas. Las discusiones sobre el mejor arquero en la historia del fútbol chileno son muy antiguas, y no olvido las que se producían en la década de los 70 en la revista Estadio, donde los más antiguos (Antonino Vera, Renato González, Carlos Guerrero y Julio Martínez) repartían preferencias entre Sergio Livingstone y el “Maestro” Guerrero.

Yo me quedé siempre con Livingstone, al que vi jugar desde que papá me llevaba al estadio, en 1949, hasta que se retiró diez años después, porque a Guerrero apenas lo conocí de nombre. Lo mejor de “El Sapo” no lo vi, pero lo leí o lo escuché: su rápida consagración, su breve trayectoria en Racing de Avellaneda, sus formidables actuaciones en los campeonatos sudamericanos, su inmenso aporte al primer título de Universidad Católica. Y se transformó, para mí, en un personaje de leyenda.

A comienzos de los años 50, cuando me picó definitivamente el bichito del fútbol, yo también quería ser arquero. En mis idas a los estadios, miraba más hacia los pórticos que hacia el centro de la cancha. Y comprobé que en esa época sobraban los buenos. Tanto así que en las nóminas de las selecciones era fácil adivinar que el titular era Livingstone, pero costaba anticipar quiénes lo acompañarían: en Colo Colo estaba Misael Escuti; en Unión Española, Hernán Fernández; en Universidad de Chile, Mario Ibáñez; en Audax Italiano, Daniel Chirinos; en Everton, Carlos Espinoza; en Wanderers, René Quitral; en Magallanes, Mario Ojeda, en Ferrobádminton, Raúl Coloma…

A Claudio Bravo lo conocí de juvenil y supe de inmediato que había en él un súper arquero. Julio Rodríguez me lo mostró en un entrenamiento y me vaticinó las alturas a las que llegaría.

Tal vez por eso seguí su carrera con especial interés. Y cuando apareció por fin como dueño del arco de Colo Colo, sucediendo a Eduardo Lobos, confirmé que los vaticinios tenían sustento.

Mi conversión futbolera y mi convicción histórica se produjeron exactamente el 26 de junio de 2016, en el minuto 99 de la final de Chile con Argentina por la Copa América. Sin Claudio Bravo, Chile habría perdido ese encuentro. Ningún otro arquero hubiera volado tanto y con el brazo derecho tan estirado como para llegar a esa pelota que la cabeza del Kun Agüero había mandado hacia el ángulo, conectando un tiro libre de Lionel Messi.

Esa tarde, cuando la tensión era máxima, se produjo la jugada magistral con que sueña todo arquero. Era gol. Tenía que ser gol. Y no lo fue porque la mano enguantada de Bravo le dio otro destino a ese balón y a la historia del fútbol chileno.

El ahora ciudadano ilustre de Los Muermos ya tenía fama. Se la había ganado en Colo Colo, y en el corazón de los hinchas blancos todavía palpita el recuerdo del penal que le atajó a Mayer Candelo para encaminar a su equipo hacia la estrella número 24, la del torneo de Apertura de 2006.

Ya se había consagrado internacionalmente también. Dejó huella en la Real Sociedad, donde dejó un récor difícil de batir: 451 minutos sin recibir goles jugando como local. Y también en Barcelona FC, donde partió estableciendo una marca insólita en 2015: cuatro triunfos en las primeras cuatro fechas sin recibir goles en contra; después estuvo 720 minutos sin sufrir caídas en su valla.

Pero Livingstone seguía siendo el primero de mi ranking y lo defendía cuando mencionaban a Roberto Rojas, por ejemplo, que desapareció de mis preferencias para escoltarlo el mismo día que se cortó la ceja en el Maracaná. Lo expulsé por mala conducta.

Chile no habría sido bicampeón de América si Bravo no le ataja un penal a Éver Banegas en Santiago y otro a Lucas Biglia en Nueva Jersey, ni habría llegado a la final de la Copa de Confederaciones si no hubiese atrapado los tres lanzamientos que los portugueses lanzaron desde los doce pasos en Kazán, Rusia, por las semifinales. Y a lo mejor no le habría ganado a España en el Mundial de Brasil si no hubiera evitado un par de goles antes que Eduardo Vargas y Charles Aránguiz liquidaran el partido