Zalo Reyes: la huella del gorrión

A raíz del fallecimiento del popular cantante, el periodista y crítico de espectáculos Carlos Tejos describe en esta columna el legado de un artista que reinvindicó un estilo por entonces poco valorado.

Hay un motivo, existe una razón: reconocer su figura y legado. Zalo Reyes (1952-2022) es epítome de la cultura popular chilena, parte importante de nuestro cancionero romántico en extremo. Su gran hazaña: convertir la llamada “música cebolla” en éxito, haberla relevado en el imaginario criollo y haber conseguido su aceptación en sectores sociales, tan oficiales como aspiracionales, que la denostaban y que, por años, la consignaron en los peldaños más bajos de la taxonomía musical.

Es pueblo. Era emoción. Heredero de la tradición baladística de un Ramón Aguilera y Germain de la Fuente, tutor de un Santos Chávez o un Américo, el gran Zalo Reyes modernizó esos sones románticos que vestían historias comunes; los llevó al paroxismo con un fraseo y colores vocales propios -si bien su voz no era prodigiosa-, y les dio una identificación única. Con su impronta interpretativa y su estética, este showman las elevó a altas cotas de popularidad y, sobre todo, a la anuencia y valoración de la industria medial en los años 80.

Zalo Reyes, hijo artístico del circuito postergado de la industria -el underground de la quinta de recreo, la taberna y la carpa de circo -y sin acceso a la pantalla chica y relegado a la frecuencia AM-, se erigió en figura de grito y plata desde sus apariciones en TV y, luego, en Viña de 1983. Encarnó el sentimiento amoroso en el pentagrama y lo hizo a destajo en esos tiempos pletóricos de opacidades, quebrantos y desasosiegos, para los cuales fue bálsamo poético, pero también evasión en tiempos de censura y uniformidad.

Tras su reciente muerte -el pasado 21 de agosto-, el gorrión de Conchalí, ése que no se cambió de barrio, ya es patrimonio; desde ya, es parte del acervo cultural patrio. En estos días, casi condenado al exilio medial, se resignificó lo que ya sabíamos: Zalo Reyes es un fenómeno de masas. De modo espontáneo, autoconvocados, sus seguidores salieron a las calles a despedirlo, expresando en cada pétalo -de violetas y otras flores- su cariño hacia el rey de gorriones.

Lo común. El más común de los comunes. Así él se definía. La voz de la calle y cómo ésta habla. Desde su relato, amén de su histrionismo avezado, Zalo Reyes fue de lenguaje tan directo como sencillo. Su expresiones -de antología: “¿cuándo vai pa’ la casa?”, “de plaza Italia pa’rriba y pa’bajo” y “jamón corte de visita”-, ayudaron a construir el personaje que, de tal, poco tenía.

Reyes fue siempre el mismo. Alegre, divertido, galán, como él sabía serlo. A veces, asequible, cercano, especialmente con sus músicos y las nuevas generaciones que lo idolatran y lo reversionan. Otras, en cambio, huraño y desconfiado, máxime cuando intuía, como buen Escorpión, que la amenaza de los medios y la prensa especializada se hacían presentes para ridiculizarlo -comiendo cebolla en pantalla, verbigracia-; o destacar no sus luces, sino los excesos que conllevan el éxito, la noche y las, como alguna vez reconoció, malas juntas, pero no para reconocerlo en vida (maldito hábito local).

En su caminar de 69 años, hubo lágrimas en la garganta. También alegrías por montón. Mil historias robustecieron su aprendizaje y el hecho de vivir y honrar la vida. Pobreza. Talento y perseverancia. Éxitos a raudales. Bonanza. Adulaciones varias. Malas decisiones las de Boris Leonardo González Reyes -su nombre verdadero-. Tocar fondo. Sí, lo hizo. Reinvención y calma. Volver a pararse mil veces. La maldita diabetes, sus consecuencias físicas y emocionales, en el devenir, le quitaron fuerza, minaron su ánimo, aunque la música y sus

afectos fueron contención, refugio y aliento. Menos mal que no supo que también sufría de cáncer de páncreas.

Su fallecimiento, el pasado 21 de agosto, llegó tal como él quiso: en paz y arropado por el cariño de su familia: su mujer Yolanda, su hijo Boris y sus nietos. Irse en el sueño, su anhelo confesado, como también su meta recurrente: perdurar en el corazón de la cultura popular chileno, en tanto emblema, en tanto el más de los comunes que siempre quiso ser.

Ésa fue la razón. Ése seguirá siendo el motivo para recordarlo como cada día que sea justo y necesario (aunque no sea el 3 de noviembre, día de su cumpleaños, o bien, ese día 9 en que, siempre sin tarjeta, llegaba ese inolvidable ramito de violetas).